El sol se ocultó y el cielo comenzó a oscurecerse.
Gabriela por fin se dio cuenta de lo tarde que era.
Se había metido tanto en la tarea de enseñarle a Mila a escribir que perdió por completo la noción del tiempo.
La luz ya era tan tenue que casi no se distinguían las letras trazadas en la tierra.
—Mila, ya es muy tarde hoy. ¿Qué te parece si seguimos practicando otro día? —le preguntó Gabriela con voz suave, dejando la rama a un lado.
La pequeña estaba tan inmersa en la emoción de aprender que, al escuchar eso, el brillo de sus ojos se apagó de inmediato.
Gabriela no quería arruinarle el entusiasmo, pero realmente ya era demasiado tarde. Estaban a mitad de la montaña y aún les tomaría un rato llegar al pueblo.
Mila seguía siendo una niña, y si regresaba tan tarde, Doña Lola seguramente se preocuparía.
—Mila, te prometo que mañana seguiremos aprendiendo, ¿te parece bien?
La niña miró el cielo cada vez más oscuro y finalmente asintió. Sin embargo, antes de soltarla, se aferró a la mano de Gabriela.
—¡La última... la última palabra!
La expresión de la niña era de pura urgencia, y apretaba la mano de Gabriela negándose a soltarla.
Gabriela sonrió con ternura.
—De acuerdo, la última palabra.
Volvió a tomar la rama.
—¿Qué quieres aprender a escribir?
La pequeña no dudó ni un segundo y soltó:
—¡Mamá!
Gabriela sintió que su mano, que sostenía la rama, se tensaba bruscamente; al mismo tiempo, de manera inexplicable, su corazón dio un vuelco.
No sabía por qué, pero ese grito de "mamá" de la pequeña Mila pareció grabarse a fuego en su alma, haciendo que sus latidos se aceleraran por un instante.
La niña levantó la mirada hacia Gabriela.
—Mamá.
Gabriela miró a Mila. Sabía perfectamente que la niña no la estaba llamando a ella, pero no podía controlar la marea de emociones en su pecho.
Al ver que Gabriela no se movía, Mila ladeó la cabeza y señaló el suelo con su dedito.
—Tía, escribe.
—Ah... sí... claro —respondió Gabriela volviendo a la realidad, y rápidamente trazó la palabra "mamá" en la tierra.
Mila observó con absoluta concentración, siguiendo con su dedito cada trazo de Gabriela.
Pronto, la niña logró escribir la palabra "mamá" por sí sola.
Con la cabeza gacha, miró las letras que acababa de dibujar y murmuró en un susurro:

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