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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 355

Estaba en el punto máximo del adormecimiento, y todo su cuerpo temblaba sin control. Su figura estaba pegada a la de Rocco, usando su fornida complexión como único pilar de apoyo. Con ambas manos aferradas fuertemente a él, solo deseaba que aquella tortuosa sensación pasara lo antes posible, sin importarle nada más en el mundo.

Estaba tan concentrada en su malestar que no se dio cuenta de que la respiración del hombre al que se aferraba se estaba volviendo cada vez más pesada.

Rocco se quedó allí plantado, intentando no mostrar ninguna reacción anormal.

Pero las manos de Gabriela, clavadas en su pecho, apretaban cada vez con más fuerza. Esa sensación, tan real y al mismo tiempo tan desconocida, hizo que su cuerpo comenzara a reaccionar fuera de su control.

—Ga... Gabriela... ¿ya estás mejor? —carraspeó ligeramente para disimular la inestabilidad en su voz.

Sin embargo, apenas terminó de hablar, la presión sobre él se hizo más intensa.

—Ga... Gabriela...

Rocco se removió incómodo, pero el leve movimiento hizo que las piernas adormecidas de Gabriela punzaran de dolor.

Ella soltó un quejido ahogado:

—Mmm... no te muevas...

De inmediato, se aferró con más fuerza para obligarlo a quedarse quieto.

Si ese hombre se movía un centímetro más, el dolor en sus piernas sería insoportable. ¡Era una verdadera tortura!

Sabiendo que Gabriela la estaba pasando mal, Rocco dejó de moverse e intentó desviar su atención.

Pero tan pronto como bajó la mirada, lo primero que sus ojos captaron fue la fina y delicada nuca de Gabriela, expuesta al aire frío. Unos mechones sueltos de cabello caían suavemente sobre su cuello y hombros. Acompañada por su respiración, ligeramente agitada, su figura subía y bajaba rítmicamente.

Con solo esa mirada, Rocco sintió que la cabeza estaba a punto de estallarle.

El calor de la respiración de la mujer traspasaba la tela de su ropa, colándose directamente en su piel. A esto se sumaba la temperatura de aquellas dos pequeñas manos aferradas a su pecho.

Esa agobiante y desconocida oleada de calor hizo que la respiración de Rocco se volviera cada vez más errática...

—Gabriela...

Finalmente, el agudo hormigueo en las piernas y los pies comenzó a ceder.

La respiración de Gabriela se estabilizó poco a poco. Separó la frente del pecho de Rocco y dejó escapar un largo y profundo suspiro de alivio.

—¿Terminaste? —La voz de Rocco sonó abruptamente.

Gabriela se dio cuenta de golpe de que sus manos habían estado apretando con fuerza el pecho de Rocco todo este tiempo.

—Yo... —Lo soltó como si hubiera tocado un cable de alta tensión, con el rostro ardiendo. Por suerte, ya había oscurecido—. Perdón, no me di cuenta, ¿te lastimé?

Rocco no dijo nada. Con el rostro sombrío, se dio la vuelta y comenzó a descender por la montaña a paso acelerado.

Él también agradeció al cielo que fuera de noche, de lo contrario, el rojo escarlata de sus orejas habría quedado completamente expuesto.

Damián, sin entender nada, lo siguió confundido, preguntando en el camino:

—Jefe, ¿qué le pasa? ¿Por qué respira tan rápido? ¿Se siente mal?

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