Apenas llegó, Damián se plantó frente a Rocco y Gabriela, como un muro de contención, clavando una mirada amenazante en la multitud.
Al escuchar los gritos ridículos de Miriam Zavala, estuvo a punto de perder la compostura.
¿Qué clase de estupidez estaba diciendo esa vieja loca?
¿Que le robaron a su nuera?
¿Quién diablos era su nuera?
¿La señorita Aranda?
¡Por Dios, tenía que ser una broma de pésimo gusto!
Si ni siquiera su propio jefe, con todo su poder y dinero, había logrado que Gabriela le diera el sí... ¿Y ese debilucho, al que acababan de mandar a volar de una patada, se atrevía a creer que la merecía?
Al ver que nadie del pueblo movía un dedo para ayudarla, Miriam intensificó su llanto teatral.
—¡Ay, Dios mío, qué injusticia! ¡Qué barbaridad! ¡Robar a una mujer a plena luz del día! Ya le había dicho a mi hijo que esas mujeres de ciudad no valen nada. Siempre metidas entre hombres, ¡claro que son unas cualquiera! Zacarías, olvídate de ella, ¡ya no la queremos! ¡Yo me encargo de conseguirte una mujer de verdad, mucho mejor!
Zacarías, con el rostro ensombrecido por la rabia, no se movió un milímetro. Mantuvo su mirada venenosa fija en Gabriela.
Quería lanzarse sobre ella, arrastrarla del cabello si era necesario, pero el terror puro que le provocaba la imponente presencia de Rocco lo mantenía paralizado.
En ese preciso momento, Arturo, Diego y varios oficiales del pueblo llegaron corriendo, con la respiración entrecortada y empapados en sudor.
Cuando recibieron la llamada de auxilio de Axel, estaban inspeccionando unos terrenos cercanos afectados por las lluvias. Rocco Salinas, casualmente, estaba ahí con ellos.
Estaban discutiendo si debían ir a ver cómo iba la instalación de la estación base, cuando entró la llamada diciendo que Gabriela corría peligro.
Como todo fue un caos, Axel solo pudo soltar unas cuantas frases antes de colgar.
Pero Arturo alcanzó a escuchar lo suficiente: "tumulto", "intento de secuestro", "quieren obligar a la consultora a casarse". Eso bastó para que el alma se le cayera a los pies.

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