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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 320

Los lugareños le tenían un respeto absoluto a Arturo, y al verlo echar chispas por los ojos, ninguno se atrevió siquiera a respirar muy fuerte.

Aterrorizados de que el jefe del pueblo les echara la culpa de semejante desastre y los mandara arrestar, se apresuraron a lavarse las manos.

—¡Nosotros solo acompañábamos a doña Miriam! Dijo que iba a pedir la mano para su hijo y nos invitó para hacer ambiente festivo, nada más.

—¡Sí, señor Arturo! No sabíamos nada de nada. Doña Miriam nos contó que su muchacho había conseguido a una señorita muy fina de la capital y, por pura curiosidad, nos vinimos a asomar.

En ese momento, alguien saltó a defender su pellejo:

—¡Cuando empezaron los empujones, nosotros ni nos metimos! ¡Nomás nos quedamos de mirones!

Al oír eso, los que sí habían metido las manos para jalonear a los ingenieros sintieron que se les helaba la sangre y empezaron a tartamudear excusas.

—Señor Arturo, se lo juramos, ¡no sabíamos qué estaba pasando! Nos llevamos bien con doña Miriam, y como ella gritaba que le estaban robando a su nuera, pues solo quisimos ayudar a la pobre señora.

De pronto, todos hablaban al mismo tiempo, armando un gallinero insoportable.

—¡Silencio todos! —rugió Arturo a todo pulmón. Primero clavó la mirada en los que habían participado en el forcejeo—. ¡¿No sabían qué pasaba y aun así se metieron a secuestrar a una persona?! ¡Todos los años que me pasé explicándoles la ley se fueron a la basura! ¡No han aprendido nada! ¡Debería meterlos a todos a la cárcel para que se pudran ahí y aprendan de una buena vez!

Al escuchar la amenaza de la cárcel, aquellos hombres se pusieron blancos como el papel, temblando de pavor.

Arturo giró entonces hacia los que decían ser simples "mirones", y tampoco los perdonó:

—¡Y ustedes son igual de culpables! ¿Vieron que se estaban agarrando a golpes y se quedaron parados como imbéciles? ¿No saben separar a la gente? ¿No se les ocurrió correr a buscarme o llamar a la policía?

Los mirones bajaron la cabeza, muertos de vergüenza.

Justo cuando Arturo sentía que tenía la situación bajo control, Miriam Zavala volvió a abrir la boca para soltar un llanto desgarrador.

—¡Ya cállese, señora, deje de hacer su teatro! —le gritó Arturo, perdiendo la paciencia.

El berrinche de Miriam se cortó a la mitad. Se quedó paralizada un segundo y luego se arrastró hacia Arturo, con la cara bañada en lágrimas.

—¡Señor Arturo, por favor, tiene que ayudarnos, haga justicia! Mi marido murió hace años, mi muchacho y yo estamos solos en el mundo. Si usted, que es la autoridad, no nos defiende, nos van a pasar por encima...

Arturo frunció el ceño hasta que le dolió la cabeza. Ese llanto fingido lo ponía de los nervios.

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