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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 318

La respiración de Rocco era pesada y errática, pero sus ojos oscuros estaban clavados en Gabriela como si no existiera nada más en el mundo.

Sus grandes manos se aferraron a los hombros de ella, girándola con firmeza hasta que quedaron frente a frente.

Con la mirada encendida, la escaneó de pies a cabeza, asegurándose de que estuviera intacta.

Gabriela aún estaba aturdida. Se sentía como una muñeca de trapo a la que Rocco movía a su antojo.

Al confirmar que no tenía ni un solo rasguño, el ceño fruncido del hombre se relajó apenas un poco.

—¿Estás bien? —preguntó, con la voz cargada de tensión.

Gabriela parpadeó y asintió levemente.

—Sí... estoy bien.

Físicamente estaba bien, pero... ¿qué le pasaba a este hombre?

¿De verdad estaba tan nervioso y preocupado por ella?

—¡Qué diablos creen que hacen! —estalló la voz cargada de ira de Zacarías, rompiendo el momento. Miraba con odio venenoso las manos de Rocco sobre los hombros de Gabriela—. ¡Quita tus sucias manos de ella!

Rugiendo como un animal salvaje, Zacarías corrió hacia ellos, extendiendo los brazos con la clara intención de arrancar a Gabriela del lado de Rocco.

Pero antes de que sus dedos pudieran rozar siquiera a la chica, Rocco levantó la pierna con una frialdad absoluta y le asestó una patada en el estómago.

Como Zacarías era de complexión delgada, el golpe lo levantó del suelo. Voló un par de metros hacia atrás, como un muñeco desarmado, y se estrelló de espaldas contra la tierra.

—¡Ahhhh! —chilló Miriam, lanzándose al suelo para socorrer a su hijo—. ¡Asesinos! ¡Están matando a mi hijo! ¡Auxilio, no hay ley que nos proteja! ¡Están golpeando a mi muchacho a plena luz del día!

Zacarías, tirado en la tierra, tosía violentamente mientras se agarraba el estómago. Sus ojos inyectados en sangre miraban con resentimiento puro al hombre alto e imponente que lo observaba desde arriba con absoluto desdén.

Lo que Zacarías ignoraba era que Rocco se había contenido. Sabiendo dónde estaba, había controlado la fuerza de su impacto.

Si Rocco hubiera pateado con su fuerza real, Zacarías no estaría tosiendo tierra; estaría escupiendo sangre con los órganos reventados.

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