En el pueblo ya no se hacían arreglos a la fuerza como en los viejos tiempos. Hoy en día, los matrimonios debían seguir un proceso normal, con el consentimiento de ambas partes.
Al menos, lo básico era conocer el nombre de la persona, su edad, a su familia. En los pueblos incluso se averiguaba sobre la reputación del candidato antes de dar el siguiente paso.
Y esta mujer, la señora Zavala, se la pasaba gritando a los cuatro vientos que la muchacha era su nuera.
¡Resultaba que ni siquiera sabían cómo se llamaba la chica! ¿No era eso completamente absurdo?
El rostro de Zacarías se descompuso. Evidentemente sentía que las palabras de Gabriela lo estaban humillando frente a todos sus vecinos.
—Ya veo que estás contagiada de esos caprichos y aires de grandeza de las mujeres de ciudad. Pero no te preocupes, en cuanto nos casemos, me encargaré de curarte todos esos defectos a punta de disciplina.
¡Otra vez con lo mismo!
Gabriela se dio cuenta de que era imposible razonar con ese par de desquiciados, así que se giró hacia Octavio y los demás.
—Dejemos el trabajo por ahora. Vámonos de aquí y busquemos a Arturo y a su equipo.
—De acuerdo —asintieron Octavio y los otros. Arturo les había dicho que venía en camino, pero no sabían cuánto tardaría.
Estando rodeados por la familia Zavala y esa multitud de lugareños, si estallaba un conflicto físico, sería muy difícil garantizar la seguridad de Gabriela.
Al ver que Gabriela se daba la media vuelta, Zacarías y su madre entraron en pánico.
—¡No te puedes ir! ¡Mi madre vino personalmente a pedir tu mano y darte la espalda así es una falta de respeto imperdonable! —exclamó Zacarías. Furioso, estiró el brazo para agarrar a Gabriela, pero Axel se interpuso y le dio un empujón para alejarlo.
Zacarías trastabilló y chocó de espaldas contra su madre.
Miriam soltó un grito de dolor, y al instante, sus ojos se llenaron de furia. Señaló a Gabriela y empezó a maldecirla:
—¡Yo le dije a mi hijo que no se metiera con estas mujeres de la ciudad! ¡Mírala, siempre rodeada de hombres, seguro es una cualquiera! Si no fuera porque mi hijo dijo que tienes dinero, ¡jamás te habría aceptado...!
—¡Mamá, ya cállate y ayúdame a detenerla! —bramó Zacarías, con los ojos clavados en Gabriela, viéndola como si fuera una presa a punto de escapar de sus manos.

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