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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 316

Zacarías, al ver que Gabriela lo miraba, esbozó una sonrisa que él consideraba irresistiblemente atractiva.

Se acercó con pasos lentos y, mirándola desde arriba, le dijo:

—Fue mi error, debí presentarte a mi madre mucho antes —hizo una pausa, alzando una ceja con arrogancia—. Pero bueno, nunca es tarde. Te presento a mi madre. Una vez que nos casemos, será tu suegra. Espero que la respetes, le sirvas y le hables con devoción. No quiero volver a escuchar ese tono altanero que usaste hace un momento. Si lo vuelves a hacer, me voy a enojar de verdad.

Gabriela se quedó sin palabras.

Jamás en su vida había presenciado semejante nivel de cinismo.

Hasta Clara, Octavio y el resto del equipo sintieron que la paciencia se les agotaba de golpe al escuchar las tonterías de aquel sujeto.

Axel, con las venas de las manos marcadas, apretó los puños. Sentía una necesidad urgente de soltar un golpe.

¿Estaban enfermos de la cabeza esta madre y su hijo?

Zacarías notó las miradas hostiles de Octavio y Axel, pero simplemente frunció el ceño, ignorándolos para volver a dirigirse a Gabriela, quien seguía protegida por sus compañeros.

—En la familia Zavala somos gente decente y de buenas costumbres. Tenemos estándares muy altos para nuestras nueras. Debe ser una mujer pura, dócil y que entienda cuál es su lugar. Yo soy el orgullo de esta familia, así que mi esposa tiene que ser perfecta, sumisa y conocer las reglas.

Dicho esto, lanzó una mirada despectiva a los hombres que rodeaban a Gabriela y continuó:

—Una vez que estemos casados, quiero que renuncies a este trabajo. Eso de andar todo el día rodeada de hombres no es apropiado. Mancharía mi reputación y la de la familia Zavala. No te preocupes, yo puedo mantenerte. Tengo un puesto administrativo en la Escuela Rural de la Esperanza, un trabajo muy respetable por aquí.

—Ah, y otra cosa —añadió, arrugando la frente como si recordara algo molesto—. La otra vez vi que fuiste a buscar a la niña esa, Mila, y le llevaste ropa de marca y comida cara. Bueno, la comida pasa, pero sé cuánto cuesta esa ropa. Cada camisa vale cientos. Quiero dejarte claro que, aunque conmigo no te faltará para comer, esos hábitos de gastar el dinero a lo tonto vas a tener que corregirlos de raíz, ¿entendido?

—¡Ay, Dios mío...! Gabriela, te juro que no soporto escuchar a este infeliz ni un segundo más. Quiero golpearlo —murmuró Clara entre dientes, temblando de rabia a su lado.

Las comisuras de los labios de Gabriela temblaron levemente.

—Creéme, yo también.

Aunque Octavio sentía que la cordura se le escapaba al escuchar el discurso arcaico y machista de Zacarías, era el mayor del grupo y trató de mantener la cabeza fría.

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