A decir verdad, en Puerto Serena, salvo a figuras intocables como los magnates de la familia Salinas, había muy poca gente a la que ellas quisieran conocer y no pudieran.
—Tú... —Isabel sintió un fuerte impulso de gritar a los cuatro vientos lo importante que era Gabriela. Pero se detuvo al pensar que, si empezaba a dar explicaciones en ese ambiente hostil, caería en su trampa. Sonaría como si estuviera presumiendo con aires de grandeza, y de todas formas no le creerían; pensarían que estaba inventando historias para darse importancia.
Mientras Isabel lidiaba con la frustración de no saber cómo responder, Gabriela se llevó una mano a la boca, imitando con perfección el gesto petulante de aquellas mujeres, y soltó una carcajada sutil.
Su risa fue tan cristalina y clara como el tintineo de unas campanillas al viento.
Lucía desvió la mirada hacia Gabriela.
—¿De qué te ríes?
Gabriela bajó la mano y sus labios se curvaron en una sonrisa implacable.
—Antes de venir, tenía la idea de que este Círculo de Damas era un refugio de sofisticación y elegancia.
Lucía alzó una ceja, asintiendo. Por supuesto que lo eran.
Sin embargo, Gabriela remató su comentario:
—Pero ahora que estoy aquí, me doy cuenta de que esa supuesta elegancia no es más que una simple fachada para ocultar su amargura y mezquindad.
—¡¿Qué dijiste?! —El rostro de Lucía se enrojeció de furia, y las sonrisas de las damas que segundos antes se burlaban se borraron de tajo.
Gabriela, inmutable, continuó con una calma que cortaba el aire.
—La verdadera elegancia exige tolerancia y empatía. Pero es evidente que ninguna de ustedes, y mucho menos las que se estaban riendo hace un momento, posee un gramo de eso.
Lucía apretó los dientes, abriendo y cerrando la boca sin saber qué decir. Si atacaba de nuevo, solo confirmaría las palabras de Gabriela: que en efecto era mezquina y amargada.
Sin más armas, solo pudo fulminar a Isabel con la mirada.
—Señora Zúñiga, hay que reconocer que su sobrina tiene la lengua muy afilada.

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