—Gabi, ven, vamos a sentarnos —Isabel señaló con un gesto despectivo hacia donde se había ido Viviana, y luego guio a Gabriela hacia el interior del elegante salón.
Ambas se ubicaron en una mesa cercana a la terraza.
—Quédate aquí, mi niña. Iré a buscar algo de comer para las dos.
—No te molestes, tía Isa, la verdad es que no quiero... —Gabriela estuvo a punto de decir que no tenía hambre, pero Isabel fue más rápida y ya iba a paso veloz hacia la mesa de bocadillos.
Gabriela no tuvo más remedio que dejarla ir, quedándose sola en la mesa esperando.
En ese momento, un olor denso a perfume de diseñador asaltó su nariz.
Antes de siquiera levantar la vista, Gabriela supo por el aroma de quién se trataba.
Al alzar los ojos, confirmó sus sospechas: Viviana Yáñez caminaba directo hacia ella con una expresión cargada de veneno.
Viviana echó un vistazo hacia el buffet para asegurarse de que Isabel estuviera entretenida eligiendo postres. Luego, se inclinó ligeramente hacia Gabriela para amenazarla.
—Gabriela, no me importa qué trucos usaste para colarte aquí con Isabel Zúñiga. Pero te lo advierto: guárdate tus teatros. Ni se te ocurra mencionar tu relación con la familia Jara, porque si lo haces, la única que saldrá arrastrada y humillada serás tú.
Desde que la vio cruzando la puerta del Restaurante Áureo, Viviana ya tenía su plan armado. Si Gabriela se atrevía a armar un escándalo y revelar que alguna vez fue su nuera, Viviana lo negaría categóricamente y hundiría a Isabel de paso.
Al fin y al cabo, todo el Círculo de Damas detestaba a Isabel. Al final, creerían cualquier cosa que Viviana dijera.
Con solo inventar que Isabel había traído a esta desquiciada a propósito para arruinar el evento social, todas estarían de su lado. Luego, solo bastaría con llamar a la seguridad para que las echaran a patadas, o directamente a la policía para que las metieran a una celda un par de días.
¡Tenía que dejarles muy claro que nadie manchaba el prestigio de los Jara!
Si tenía que romper relaciones para siempre con Isabel, lo haría sin pensarlo dos veces. Antes, toleraban a Isabel porque esperaban que Cristian Olivera les consiguiera una reunión con esa famosa prodigio del ajedrez. Pero como la joven genio ya los había rechazado, Cristian ya no le servía de nada a la familia Jara.
La única razón por la que había aguantado a Isabel era por la aparente amistad entre Héctor y Cristian. Pero ahora, con el prestigio de los Jara en juego, esa falsa cordialidad ya no le importaba en absoluto.

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