¡La mujer que acompañaba a Isabel Zúñiga era ni más ni menos que Gabriela Aranda!
Viviana llegó a la entrada del Restaurante Áureo caminando con su característica arrogancia.
—Vaya, Isabel, sí que te tomaste tu tiempo. Te estábamos esperando, ¿cómo es que...?
Sin embargo, las palabras de Viviana murieron en sus labios en el instante en que sus ojos se posaron en la joven que estaba junto a Isabel.
Se quedó estupefacta, parpadeando varias veces, como si no pudiera creer que la persona que tenía enfrente fuera Gabriela.
Un segundo después, un tic nervioso le recorrió la mejilla. La había tenido en su casa durante siete años, ¿cómo podría equivocarse?
Gabriela, de pie junto a Isabel, también se sorprendió por una fracción de segundo al encontrarse de frente con Viviana y Jimena.
Con razón la risa que escuchó desde afuera le resultó tan conocida; efectivamente, era Viviana.
Y si Viviana estaba allí haciendo los honores, eso significaba que este club de ajedrez era propiedad de Héctor Jara.
Una ola de ironía invadió a Gabriela. Fue la nuera de los Jara durante siete largos años, y jamás se le permitió poner un pie en este lugar. Y ahora que estaba divorciada de Enzo, entraba por la puerta grande como invitada de honor.
Isabel, notando cómo Viviana se había quedado a media frase con una mueca de espanto, no pudo disimular su triunfo.
—Profesora Yáñez, ¿qué le pasa? Solo vine acompañada de mi sobrina. Sí, sé que mi sobrina es preciosa, pero tampoco es para que se quede sin habla.
¡Estaba segura de que la belleza despampanante de Gabi opacaría a cualquier mujer del salón en cuanto pisara el lugar!
Y dicho y hecho. A Viviana casi se le salen los ojos de las órbitas.
Viviana intentó recuperar la compostura, clavando su mirada llena de veneno en Gabriela.
—¿Tu sobrina?
Gabriela era huérfana, ¿de dónde iba a tener conexiones familiares con alguien como los Olivera? ¡Era imposible que fuera sobrina de Isabel!

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