Rápidamente, Yolanda colocó los cubiertos en la mesa con manos ágiles.
Jimena, con total naturalidad, tomó su tenedor, pinchó un trozo de comida y se lo llevó a la boca. Tras masticar un par de veces, frunció el ceño.
—Yolanda, ¿le pusiste azúcar a este guiso?
Yolanda asintió.
—Sí, señora, le puse.
No era la primera vez que preparaba ese plato, y siempre lo había hecho así.
Jimena hizo un puchero, arrugando la nariz.
—No le pongas más en el futuro, no sabe bien.
Yolanda palideció ligeramente, quedándose de pie, sin saber qué hacer.
Podía aceptar ajustar la sazón según los gustos de cada persona, pero era la primera vez que alguien le decía que su comida no sabía bien.
Y encima, era Jimena.
—Está bien... no le pondré más —respondió Yolanda, incómoda.
Miró a Jimena. La chica seguía con esa sonrisa radiante en el rostro; incluso al decir que la comida estaba mala, sonaba como si estuviera haciendo un berrinche infantil.
Pero, por alguna razón, Yolanda sintió que algo había cambiado de manera sutil e imperceptible.
Durante toda la cena, Yolanda no encontró el momento adecuado para preguntar por su sueldo.
Cuando terminaron de cenar y ella salió de la cocina dispuesta a hablar, Enzo y Jimena ya estaban subiendo las escaleras, uno detrás del otro.
Dejándole solo una mesa llena de sobras y platos sucios.
Yolanda miró hacia las escaleras y suspiró de nuevo.
*La señorita Jimena y el señor acaban de casarse, deben tener muchas cosas en la cabeza. Olvídalo, esperaré unos días más*, pensó Yolanda, resignada, y comenzó a limpiar la mesa en silencio.
...
En la Casona Jara, Valentina entró a la habitación de Viviana Yáñez justo cuando esta se aplicaba una mascarilla facial.
—¿Mateo ya se durmió? —preguntó Viviana.
Valentina asintió, dejándose caer con pereza en el sofá.
—Mamá, hace un rato Mateo me preguntó cuándo podrá volver a casa.
Viviana se acomodó la mascarilla frente al espejo.

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