Ahora que su deseo estaba a punto de hacerse realidad, ¿por qué sentía un nudo tan extraño en el estómago?
Como Mateo no sabía cómo expresar esa incomodidad, simplemente guardó silencio.
—Jimena, no te canses cargándolo, deja que vaya a jugar con tu hermanito —sugirió Valentina.
Jimena miró a Mateo con extrema dulzura.
—Mateo, mi amor, ¿quieres ir a jugar?
Mateo paseó la mirada por todos los adultos de la sala, se detuvo en Fabián, que seguía escondido en su rincón, y finalmente asintió.
—Sí.
—Muy bien —Jimena lo bajó al piso—. Fabián es un poco más pequeño que tú, así que jueguen bonito.
Luego, endureciendo ligeramente el tono, se dirigió a su hermano.
—Fabi, pórtate bien y cuida de Mateo.
Fabián apretó los labios y asintió.
—Ven, vamos al patio. Te presto mi caballito de madera, me lo regaló mi hermana y es súper divertido.
Mateo ya estaba aburrido de los caballitos de madera, pero cualquier cosa era mejor que quedarse en esa sala llena de adultos. Aceptó la invitación de buena gana.
Fabián le tomó la mano y ambos salieron corriendo entre risas.
La familia Jara sonrió al ver la escena. Mateo casi no tenía amigos en su escuela y rara vez convivía con niños de su edad. Verlo tan animado jugando con Fabián los llenó de alivio.
Fabián guio a Mateo hacia un rincón sombreado del patio, donde descansaba un pequeño caballito mecedora.
—Mira, este es el que me compró mi hermana. Lo cuido mucho, casi nunca me subo para que no se arruine.
Mateo no le dio mayor importancia. Se subió de un salto, se balanceó un par de veces y dio su veredicto:
—Está más o menos. En mi casa tengo uno eléctrico, se mueve solo sin que tengas que empujarlo.
Mateo no notó cómo el rostro de Fabián se oscurecía. Siguió balanceándose como si nada.
—Mi hermana te quiere mucho, ¿verdad? Se la pasó cargándote —murmuró Fabián.

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