En ese momento, lo único que Gabriela sentía al ver a esos hombres era un fastidio inmenso.
Dio media vuelta para irse, pero Rocco dio un paso al frente y le bloqueó el paso.
—Te llevo.
Gabriela, que ya estaba furiosa, lo fulminó con la mirada.
—¡Tú también lárgate! ¡Vete al diablo!
Tras gritarle, ignoró por completo las miradas curiosas de los transeúntes y se subió de inmediato a un taxi.
Damián observó cómo el coche desaparecía en la distancia antes de acercarse a su jefe.
—Señor, la señorita Aranda ya se fue, nosotros también deberíamos irnos.
Antes de subir a su auto, Rocco le dedicó a Enzo una última mirada gélida. La advertencia letal en sus ojos hizo que a Daniel se le helara la sangre.
Ya en el coche, Damián miró por el espejo retrovisor. Vio cómo Rocco sacaba el pañuelo de seda que decoraba el bolsillo de su saco y se limpiaba la sangre del labio con expresión fastidiada.
Había algo que Damián no podía guardarse.
—Jefe, ese puñetazo se lo llevó por gusto. La señorita Aranda ni lo volteó a ver, y mucho menos se conmovió por usted. Su jueguito de hacerse el mártir no funcionó.
El hombre se pasó la lengua por el labio herido, alzó su mirada de hielo y la clavó en Damián a través del espejo.
Damián sintió un escalofrío por toda la espalda, cerró la boca de inmediato y se concentró en manejar.
En la entrada del restaurante, la calma había regresado.
Una vez que Daniel se aseguró de que el coche de Rocco estuviera lejos, soltó a Enzo.
—Enzo, ¿perdiste la cabeza? ¿Tienes idea de a quién acabas de golpear? ¡A Rocco Salinas! ¡Al hijo del hombre más rico del país! Si decide demandarte por agresión, ¿qué demonios vas a hacer? ¿Vas a tirar tu reputación a la basura?
Enzo hizo un ademán con la mano para cortarlo. Su rostro estaba sombrío y no tenía ánimos para discutir.
En ese momento llegó el coche de Iván Yépez. Al ver que su jefe apenas se sostenía en pie, Iván corrió a ayudarlo a subir al vehículo.
Para cuando llegaron a la casa, el alcohol ya había hecho estragos por completo en el sistema de Enzo.
En la sala de estar, Jimena estaba sentada en el sofá con expresión ansiosa, mirando hacia la entrada cada pocos segundos.
Había pasado muchísimo tiempo desde que Enzo se había ido furioso tras descubrir los papeles del divorcio. Le había llamado innumerables veces, pero él no había contestado ni una sola.
Algo así jamás había ocurrido antes.
Y por primera vez, Jimena estaba aterrada.

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