Era fin de semana. Al no tener obligaciones urgentes, Gabriela de repente no sabía qué hacer consigo misma.
Durante los siete años que duró su matrimonio con Enzo, sus fines de semana seguían una rutina inquebrantable. O bien llevaba a Mateo a la mansión familiar para atender a todos los Jara, o se quedaba en casa aprendiendo recetas de cocina con Yolanda, o simplemente cuidando de su esposo.
Parecía que había pasado una eternidad desde la última vez que hizo algo por ella misma, o siquiera se preguntó qué era lo que realmente quería.
Pero, pensándolo bien, toda su existencia de veintiocho años había sido así.
En sus años con la familia Salinas, vivió bajo el control asfixiante de Don Armando. Tras su muerte, Sara Salinas —la verdadera heredera— fue encontrada, y Gabriela, la impostora, fue echada a la calle de la manera más humillante. Después de eso, el destino la llevó a cruzarse con Enzo, terminó casándose con él y dando a luz a Mateo.
Nunca en la vida había tenido la oportunidad de ser verdaderamente ella. Con el paso del tiempo, incluso ella misma olvidó quién era en realidad.
Gabriela se quedó sentada en la cama, perdida en sus pensamientos. Al darse cuenta de que no tenía planes, decidió no forzar las cosas; dejar fluir el día también era una forma de escuchar a su propio corazón.
Se levantó, se arregló, desayunó algo rápido con unos huevos cocidos, se cambió de ropa y se preparó para ir al supermercado.
Llevaba días pidiendo comida a domicilio o comiendo fuera, y ya no quería seguir igual. Su plan era comprar ingredientes frescos y cocinar algo en casa.
A esa hora de la mañana, los vegetales del supermercado estaban en su mejor punto.
Mientras revisaba las verduras guiándose por sus gustos, de repente escuchó una voz que la llamaba.
—¿Gabi?
Gabriela detuvo su mano y levantó la vista para encontrarse con un hombre maduro vestido con camisa blanca. El rostro le resultaba familiar, pero no lograba ubicarlo.
—¿Disculpe, quién es usted?
—¡Soy yo, Cristian Olivera! El hijo de Fausto Olivera, nos conocimos hace mucho tiempo —se presentó el hombre, con una expresión de pura emoción.
El nombre Cristian Olivera no le decía nada, pero el nombre Fausto Olivera estaba grabado a fuego en su memoria.
—¡Maestro Olivera!
Fausto Olivera era el venerable maestro que le había enseñado a jugar ajedrez.

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