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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 176

Gabriela se quedó de piedra por un instante. Era cierto, no toleraba el picante. Solo que, en sus años viviendo con la familia Salinas, había crecido bajo la disciplina implacable de Don Armando.

La filosofía de Don Armando era clara: nunca debías permitir que otros adivinaran tus gustos.

Por esa razón, desde pequeña, Gabriela no tenía permitido rechazar la comida que no le gustaba, ni mostrar entusiasmo por la que sí.

Si alguna vez evidenciaba sus preferencias en la mesa y su abuelo se daba cuenta, el castigo era brutal. Normalmente, terminaba castigada a punta de agua sin probar bocado por tres días.

De tanto pasar hambre, aprendió a la perfección cómo enmascarar sus gustos.

Más tarde, cuando fue expulsada de la familia y se casó con Enzo, su afán por encajar en los Jara hizo que siempre se adaptara a lo que ellos querían comer.

Desde el principio hasta el final, parecía no tener identidad culinaria propia.

Creía que nadie en el mundo sabía que detestaba el picante. Pero, para su asombro, Rocco lo sabía.

Gabriela giró la cabeza y lo miró estupefacta.

El hombre mantenía la mirada serena, y su atractivo rostro apenas revelaba expresión alguna. Simplemente extendió la mano y colocó frente a ella un guiso agridulce de cerdo con castañas. No añadió ni una palabra más; tomó su vaso de agua y bebió tranquilamente.

Con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, su prominente manzana de Adán subía y bajaba al ritmo de cada trago.

Gabriela se quedó embelesada mirando el platillo de cerdo agridulce. A ella le encantaban las cosas dulces, y ese guiso en particular era su debilidad.

Hace mucho tiempo, en la casa Salinas, el cocinero personal del abuelo preparaba un cerdo agridulce espectacular. En aquel entonces, cuando era apenas una niña, se emocionaba muchísimo cada vez que veía ese plato en la mesa.

Pero el miedo a ser descubierta por Don Armando la aterrorizaba, pues sabía que le costarían tres días sin comer.

Por eso, siempre tenía que reprimir sus ganas de servirse, y con el paso de los años, su amor por ese platillo había terminado por marchitarse en el fondo de su corazón.

En ese preciso instante, mirando el plato frente a ella, las emociones de Gabriela eran un torbellino.

Rocco no solo sabía lo que ella odiaba; también sabía lo que ella amaba.

Si esto hubiera pasado unos años atrás, probablemente habría llorado de la emoción.

Pero ahora... solo le parecía una ironía cruel.

A su lado, Hugo soltó una risita nerviosa al ver que habían rechazado el plato que él recomendó. Al notar que Rocco le ofrecía otro a Gabriela, su expresión cambió. Con cierta cautela, preguntó:

—Directora Aranda, ¿usted y el señor Salinas ya se conocían?

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