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Adiós, Perro Infiel: El Renacer de la Heredera romance Capítulo 150

La repentina aparición de Rocco dejó a Enzo completamente descolocado.

Especialmente porque el magnate lo fulminaba con una postura arrogante y altiva; sentir el peso de semejante mirada de desprecio le causaba una profunda incomodidad.

Pero lo que menos entendía era por qué Rocco se metía. Todo aquello era un asunto personal entre él y Gabriela, un conflicto en el que ese hombre no pintaba nada.

*Quizá iba pasando y alcanzó a oír mis amenazas*, supuso Enzo.

Al fin y al cabo, ¿cómo iba a conocer Rocco Salinas a una simple ama de casa ahogada en celos y dramas vulgares?

Su principal intención era echar a Gabriela del auditorio antes de que armara un escándalo mayúsculo.

Sin embargo, con el acercamiento de Rocco, casi todos los asistentes clavaron la vista en su grupo.

Tragándose la humillación que le provocaba ser el centro de atención, Enzo se aferró a su orgullo y le aclaró el punto al empresario:

—Señor Salinas, esto es un problema personal entre ella y yo. Lo arreglaremos por nuestra cuenta.

Pensó que con esa barrera, alguien tan elitista y distante como Rocco daría media vuelta y los dejaría en paz.

Pero, contra todo pronóstico, en lugar de alejarse, Rocco dio un paso al frente para colocarse justo al lado de Gabriela.

A diferencia del témpano de hielo que le reservó a Enzo, su mirada se volvió asombrosamente cálida al dirigirse a ella.

—¿Acaso todavía tienen asuntos personales pendientes?

Gabriela estaba tan enfocada en llegar hasta Don Antonio para cerciorarse de su salud, que no le prestó mayor atención a lo inusual de esa pregunta.

Con el rostro petrificado, dio un brusco tirón para zafarse del agarre de su ex.

—No, ya no tengo ningún tipo de relación con este hombre.

Y sin añadir una sílaba más, le dio la espalda a Enzo y reanudó su marcha hacia la primera fila.

—¡Gabriela! —Enzo ennegreció la mirada. Apenas hizo el ademán de sujetarla otra vez, un brazo fornido se interpuso como una barra de hierro, empujándolo hacia atrás con fuerza.

Era Rocco.

El magnate se interpuso en el camino, firme como una montaña, y en sus rasgos aristocráticos chisporroteaba una furia muy peligrosa.

—Ella acaba de decirte que no tiene nada que ver contigo. ¿Te lo deletreo? —murmuró Rocco con una voz sombría, como el gruñido de un león listo para devorar a su presa.

El empujón sacudió tanto a Enzo que tropezó y tuvo que dar dos traspiés hacia atrás para no caer de espaldas.

—¡Profesor! —chilló Jimena, y voló a sujetarlo por los brazos.

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