Jamás la había visto así en toda su vida...
Nunca había puesto en duda que Gabriela era una mujer hermosa.
Pero, al mismo tiempo, siempre le había parecido una persona gris y apagada, como un pozo de agua estancada. Su aura era tan opaca y aburrida que, poco a poco, su belleza física había pasado a segundo plano.
Sin embargo, en ese preciso instante, Enzo tuvo que tragarse sus pensamientos. Con un solo vistazo, el porte y la deslumbrante apariencia de Gabriela lo dejaron fascinado.
Jimena contempló a Gabriela, con la boca abierta por el pasmo. Era el mismo rostro de siempre, pero parecía que le habían inyectado una vida y una clase que la convertían en otra persona.
Sus ojos entrenados detectaron de inmediato la firma del conjunto que llevaba puesto; era de una marca exclusiva, que costaba fácil diez veces más que el suyo.
Pero lo que de verdad le revolvió las entrañas fue el broche de diamantes en su solapa. Era tan deslumbrante que parecía enmarcar el rostro de Gabriela con un halo de luz divina.
Ante semejante despliegue de lujo, Jimena quedó eclipsada por completo. A su lado, no pasaba de ser un mero borrón en el paisaje.
*¿Por qué?*
*Si aquel día en el centro comercial, Gabriela se había ido sin comprar un solo trapo.*
*¿De dónde había sacado esa ropa y esa joya? Un atuendo como ese, hecho claramente a la medida, no se conseguía de la noche a la mañana.*
*¡Incluso ella misma había tenido que esperar varios días a que trajeran su traje desde otra ciudad!*
Jimena apretó los labios hasta volverlos blancos, con una mirada capaz de perforar a Gabriela. Al voltear a ver a Enzo y descubrir que este estaba completamente hipnotizado por su exmujer, el corazón le dio un vuelco doloroso.
Rocco Salinas, desde su lugar en la primera fila, vislumbró a Gabriela cruzando la entrada.

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