Vilma sonrió y asintió.
—Sí, también he notado que la doña Manuela se ve mucho mejor.
«Si un día se enteraran de que este nieto es realmente suyo, seguro que se emocionarían aún más», pensó.
Manuela suspiró.
—Siento que si Norberto nos está viendo desde el cielo, no le gustaría verme como estaba. Y ahora, con un nietecito que se parece tanto a él, siento que esto es lo que él quería. Como si temiera que yo estuviera demasiado triste, que no pudiera superarlo, y por eso encontró otra forma de acompañarme.
El día anterior, Vilma había aprovechado un momento libre para buscar noticias sobre la muerte de Norberto. No solo era guapo y tenía un aire de rectitud, sino que su carácter era intachable. Durante su servicio, había sido condecorado en varias ocasiones e incluso, estando de permiso, había intervenido para salvar a un transeúnte inocente.
Dadas las condiciones de la familia Carmona, Norberto no habría tenido por qué elegir un camino tan arduo, pero lo hizo, y se dedicó a él con esmero y autodisciplina. Era evidente que era una persona buena hasta la médula.
Pero el destino había sido demasiado cruel, llevándose a un héroe tan excepcional y abnegado en la flor de la vida.
Al escuchar las palabras de Manuela, Vilma sintió un nudo en la garganta.
—Tiene razón. Seguro que el señorito Norberto se preocupó por usted y, de alguna manera, arregló nuestro encuentro.
—Mamá, ¿de quién están hablando? —preguntó Nereo con curiosidad—. No lo conozco.
Vilma miró a su hijo con una sonrisa.
—Estamos hablando de un héroe, cariño. Cuando crezcas, sabrás lo increíble que era.

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