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Adiós, esposo impotente romance Capítulo 96

—Baja ya. Tengo cosas que hacer, voy con prisa —dijo Palmiro, después de su sonrisa, apurándola para que se fuera.

Vilma se sintió aún más avergonzada. Recordó que él había dejado de lado su trabajo para llevarla de vuelta por amabilidad, así que se apresuró a salir del coche.

Palmiro debía medir más de un metro ochenta y cinco, por lo que su saco, en el cuerpo de un metro sesenta y cinco de Vilma, parecía más bien una gabardina que le llegaba a media pierna, cubriendo perfectamente los pantalones manchados.

Sosteniendo la prenda, con el cuerpo todavía ardiendo de vergüenza, le dijo a Palmiro:

—Luego le transfiero el dinero de la limpieza del coche.

Palmiro sonrió de nuevo y, mientras se inclinaba para entrar al coche, le soltó:

—Estoy llevando tu caso gratis, ¿y crees que te voy a cobrar por lavar el coche?

Vilma se quedó sin palabras.

Se quedó de pie, viendo cómo el coche se alejaba, con una mano cubriendo su rostro ardiente mientras se lamentaba por dentro.

En el coche, Palmiro conducía con firmeza. De reojo, miró el asiento del copiloto y, sin saber por qué, una sonrisa se dibujó en sus labios.

Vilma regresó a la habitación. Jacinta no estaba, probablemente había bajado a dar una vuelta. Mejor así, se ahorraba otra dosis de vergüenza. Quitó el saco de Palmiro y lo colgó en una percha. Aunque no se había ensuciado, pensó en llevarlo a la tintorería por la tarde.

Fue al baño, se aseó y se cambió de ropa. Aunque todavía sentía una molesta pesadez en el vientre, miró la hora: era momento de ir al ala norte a recoger a Nereo.

———

En la habitación de Manuela, en el ala norte, era la hora de la comida. Los dos ancianos estaban con Nereo, radiantes de felicidad. Aunque Vilma había educado muy bien al niño y él podía comer solo, no podían resistir la tentación de darle de comer.

El mayordomo, al ver llegar a Vilma, le preguntó si ya había comido.

—Todavía no. Vengo a recoger a Nereo para que coma.

—No hace falta. La señora y el señor están comiendo con el niño. Venga, señorita Aguayo, coma algo con nosotros.

El mayordomo la guio al interior, donde, en efecto, abuelos y nieto comían entre risas y charlas.

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