—Quedamos en eso. Tú tienes que trabajar y además lidiar con tus propios problemas, ya es bastante agotador. A partir de ahora, nosotros nos encargamos de sus comidas. No te preocupes, lo cuidaremos muy bien y, si surge algo que no podamos manejar, llamaremos a los médicos de inmediato.
Tras decir esto, Manuela miró a Nereo con ternura y le preguntó:
—¿Te gustaría venir a comer con los abuelos todos los días?
Nereo asintió con entusiasmo.
—¡Sí! ¡Gracias, abuelo y abuela!
—Vaya, tú sí que no te andas con rodeos —dijo Vilma, sonriendo.
Los dos ancianos se rieron.
—No tiene por qué. Es lo que más deseamos.
Después de comer, Manuela necesitaba su siesta y Nereo tenía que volver a su habitación para tomar su medicina. Vilma se despidió de los ancianos con el niño en brazos y se dirigió al ala sur.
En el camino, madre e hijo conversaban.
—Cariño, ¿te caen muy bien los abuelos?
—¡Sí! Son muy buenos conmigo. ¡Mucho mejores que el otro abuelo!
El «otro abuelo» al que se refería era, obviamente, el padre de Facundo. En cuanto a la madre de Facundo, había fallecido cuando el niño era demasiado pequeño para recordarla.
Al oír a su hijo, Vilma se sintió feliz. Pensó en lo misteriosos que eran los lazos de sangre. Aunque nunca se hubieran visto antes, el afecto surgía de forma natural al conocerse.
—Mamá.
—¿Sí?
—¿Cuándo me voy a curar?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós, esposo impotente