¡Un momento!
¿En qué estaba pensando? Alguien del estatus de Palmiro estaba completamente fuera de su alcance. Su admiración debía detenerse ahí.
Tras una severa autoadmonición, Vilma finalmente volvió a poner los pies en la tierra.
De regreso al hospital, el dolor en su abdomen se hizo más intenso. Al principio, intentó recordar qué había comido por la mañana, pensando que podría ser una simple indigestión. Pero de repente, sintió un flujo cálido entre sus piernas. Se le erizó la piel y lo comprendió todo.
¡Era su período!
Se suponía que le había tenido que llegar una semana antes, pero probablemente el estrés y la tensión de los últimos días lo habían retrasado. Como no tenía una vida sexual activa, nunca se preocupaba por un posible embarazo, así que no le había dado importancia al retraso.
Pero jamás se imaginó que le llegaría en ese preciso momento.
Su mente zumbaba mientras se repetía una y otra vez: «¿Y ahora qué hago? ¿Qué hago?». Seguramente había manchado los pantalones, pero la vergüenza era lo de menos. Lo realmente grave era haber ensuciado el asiento de piel de un coche de lujo…
El pánico intensificó los cólicos, y no pudo hacer más que presionar su abdomen con los antebrazos, con el rostro contraído por el dolor.
Durante el trayecto, Palmiro atendió dos llamadas de trabajo. Cuando terminó, el coche se detuvo en un semáforo en rojo. Se giró hacia Vilma y le preguntó:
—¿Te importa si te dejo en la siguiente esquina? Me surgió un imprevisto y tendrás que tomar un taxi para volver al hospital.
Vilma asintió de inmediato.
—Claro, no hay problema.
Pero en cuanto lo dijo, recordó su bochornosa situación y sacudió la cabeza, mirándolo con el ceño fruncido por la angustia.
Fue entonces cuando Palmiro notó que algo andaba mal.

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