El doctor Uriel recomendó una terapia combinada con varios fármacos de quimioterapia, un método más eficaz para controlar la enfermedad.
Pero los efectos secundarios también eran severos. El pequeño no tenía apetito y empezó a vomitar. Vilma, al verlo tan débil y sin energía después de cada episodio, sentía que se le partía el corazón y se limpiaba las lágrimas a escondidas.
A veces, cuando Nereo se sentía mal, solo quería que su mamá lo cargara, y Vilma, incapaz de dejarlo solo, tenía que pedir permiso en su trabajo para ausentarse.
Palmiro estaba muy ocupado, pero siempre encontraba un momento para visitar a Nereo. Al ver a Vilma en la habitación, se sorprendió.
—¿No fuiste a trabajar hoy?
Vilma se giró y también pareció sorprendida de verlo.
—No. Nereo vomitó mucho esta mañana y no quería que lo soltara, así que pedí el día.
Tras su breve explicación, le preguntó:
—¿No estás ocupado hoy?
—Tengo una audiencia por la tarde, pero ya organicé mi trabajo de la mañana. —Palmiro miró su reloj y añadió—: Ya que estás libre, ¿por qué no vamos a cambiarle el apellido al niño?
—¿Ahora?
—Sí. Podemos dejar a Nereo en el ala norte para que mis padres lo cuiden.
En realidad, a Vilma no le urgía cambiar el nombre del niño, pero como Palmiro lo proponía, no se sintió capaz de negarse. Después de todo, le debía muchos favores.
—Está bien. Le pondré el abrigo. —Vilma levantó a Nereo mientras Jacinta le pasaba la prenda.
—Cariño, ¿quieres ir a jugar con el abuelo y la abuela? —le preguntó con ternura mientras lo vestía.
Nereo, que en ese momento se sentía con algo de energía, asintió.
—Hoy voy a armar un tanque de guerra con el abuelo.
—¡Qué bien, mi amor! ¡Eres un campeón!

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