Al oír esas palabras, el rostro de Facundo cambió por completo. De inmediato, intentó de nuevo llevarse a su padre.
—Papá, yo renuncié a la custodia de Nereo. Vámonos.
—¡¿Por qué coño renunciaste?! ¡Es un hijo, es quien continuará nuestro linaje, es indispensable! —tronó Jenaro con una voz imponente, apartando a su hijo de un empujón.
Vilma sabía que Facundo nunca revelaría la verdad por su cuenta; no tenía el valor de admitir que era estéril, incapaz de tener hijos.
Siendo así, tendría que ser ella quien lo desenmascarara.
—¿Continuar el linaje, ja? La línea de la familia Zurita estaba destinada a extinguirse con Facundo —dijo Vilma con ligereza.
Jenaro, que todavía forcejeaba con su hijo, se quedó paralizado al oírla y se giró para mirarla fijamente.
—¿Qué quieres decir?
Justo cuando Vilma iba a hablar, Facundo, con el rostro enrojecido, le gritó: —¡Ya basta, Vilma! No te he tratado mal todos estos años, ¿tienes que despojarme de la última pizca de dignidad que me queda?
Vilma lo miró y se detuvo un instante.
Por supuesto, sabía que revelar algo así en público era una humillación tremenda para un hombre. Incluso le había prometido que ese secreto moriría con ella, que nunca se lo contaría a nadie.
Pero nunca imaginó que Facundo la traicionaría y la heriría de esa manera.
Si él había sido cruel, no debía esperar misericordia de ella.
Tras una breve reflexión, ignoró los sentimientos de Facundo y se dirigió a Jenaro sin rodeos: —Escuche, su hijo no puede tener hijos, de hecho, es impotente. Por eso Nereo nació por fecundación in vitro con donante de esperma. Para que me entienda, Nereo no es descendiente de la familia Zurita, es solo hijo mío, de Vilma.
Al pronunciar esas palabras, los músculos del rostro de Facundo se contrajeron violentamente, y la respiración de Jenaro se aceleró.
Incluso Odilia se quedó boquiabierta, mirando a su hermano con incredulidad, su vista desviándose hacia la parte inferior de su abdomen.
El silencio en la habitación era tan absoluto que se podría haber oído caer un alfiler.

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