—Caram...
Odilia estaba a punto de estallar en insultos cuando Facundo la sujetó del brazo para detenerla.
Facundo se adelantó, mirando a Vilma como si fuera una extraña.
Después de todo, la esposa que él conocía siempre había sido dulce, virtuosa y comprensiva.
Tras sopesar sus palabras, dijo: —Vilma, sobre la custodia de Nereo, creo que todavía podemos negociarlo.
—No hay nada que negociar. Nereo se queda conmigo, y esa es también su voluntad —respondió Vilma, impasible.
—¡Puras mentiras! ¿Qué va a saber un niño de tres años? ¡Seguro dice lo que tú le enseñas! —bramó Jenaro, con las cejas enarcadas.
Vilma sentía que cada vez que él abría la boca, contaminaba el aire de la habitación.
—Jacinta, ve a abrir la ventana para que se ventile —ordenó, girando la cabeza.
Jenaro, al oírla, se enfureció y se abalanzó sobre ella. —¡Vilma, qué descaro el tuyo! ¿Así es como humillas a tus mayores? ¡Hoy te voy a dar una lección!
Antes de que terminara de hablar, ya se había lanzado hacia ella y, sin importarle que tuviera al niño en brazos, le soltó una bofetada.
Al percibir el peligro, Vilma solo tuvo tiempo de proteger la cabeza del niño, empujándola hacia abajo, sin poder esquivar el golpe.
Tras el sonoro “¡PLAS!”, sus oídos zumbaron y la mitad de su cara quedó entumecida y dolorida.
Qué patético. En una sola semana, primero la abofeteaba su propio padre, y ahora el padre de su marido.
—¡Papá! —dijo Facundo, pero fue una reprimenda tibia—. ¿Por qué le pegas?
En ese instante, la puerta de la habitación se abrió y varios hombres con batas blancas entraron a toda prisa.

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