—¿Qué cosas dices? Y por cierto, ¿no crees que deberías cambiar la forma en que me llamas? Ahora eres mi nuera y yo soy tu suegra. Si hay algo que te incomoda hacer, es mi deber como suegra ayudarte a resolverlo, ¿no te parece?
Vilma no había pensado en eso.
Justo cuando se había acostumbrado a llamarla «señora», ahora tenía que cambiar de nuevo.
Al otro lado de la línea, Poncio dijo algo que Vilma no alcanzó a oír.
Manuela se lo transmitió:
—Tu papá dice que cuando una persona llega a ese punto, todas las rencillas y odios deben terminar. Es justo que Nereo vaya a verlo. En cuanto a ti, como su exnuera, es mejor que no vayas para evitar situaciones incómodas.
—De acuerdo. Entonces, les encargo a usted y a… —Todavía le costaba usar el nuevo título.
—Déjalo en nuestras manos.
Vilma colgó y soltó un suspiro de alivio.
El día había empezado lleno de pasión, seguido de una mañana feliz, pero ahora, al mediodía, tenía que enfrentarse a la melancolía de la vida y la muerte.
Al volver a su escritorio, Gema vio el enorme diamante en su dedo y, tomándole la mano, exclamó con los ojos muy abiertos:
—¡Guau! ¿De cuántos quilates es? ¡Ni de fantasía me atrevería a comprar uno tan grande!
Vilma, aún afectada por la noticia, sonrió débilmente.
—Es falso.
—¿Qué? ¡No puede ser!
—En serio, es falso —repitió Vilma, como si fuera un trabalenguas.
Afortunadamente, el subgerente se acercó para asignarles trabajo. Gema se apresuró a volver a su sitio y Vilma dejó de lado sus pensamientos para concentrarse en sus tareas.
***
En el hospital.
Poncio y Manuela eran personas prudentes.
Estaban dispuestos a cumplir el último deseo de un moribundo, pero eso no significaba que bajarían la guardia. Por eso, llevaron consigo a dos guardaespaldas.
Justo cuando Facundo regresaba a la habitación, Poncio y Manuela llegaron con Nereo.

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