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Adiós, esposo impotente romance Capítulo 359

La habitación estaba en silencio, la luz del sol iluminaba las motas de polvo que danzaban en el aire, creando una escena de paz y tranquilidad.

Vilma estaba somnolienta y no quería levantarse.

Palmiro, recostado detrás de ella, le apartó con ternura un mechón de pelo de la sien, se inclinó para darle un beso y le masajeó el hombro con su mano grande.

Vilma lo sintió todo, pero no se atrevió a moverse ni a responder.

Tenía mucho miedo de que Palmiro le preguntara qué tal se había sentido, así que optó por cerrar los ojos y fingir que dormía, escondiendo la cabeza como un avestruz.

Sin embargo, Palmiro no le hizo esa pregunta. En cambio, bromeó:

—¿Qué tal si no vamos a casarnos hoy? Lo dejamos para otro día.

¿Qué?

Vilma abrió los ojos de golpe y se giró para mirarlo.

Pero en cuanto sus miradas se encontraron, ella desvió la vista rápidamente, con las mejillas de nuevo sonrojadas.

—No, ya pedí permiso en el trabajo. Tenemos que ir hoy, si no, tendré que pedir otro permiso y mi jefe me va a despedir —se apresuró a replicar, cerrando los ojos para reunir fuerzas y prepararse para levantarse.

La sonrisa de Palmiro se hizo más amplia.

—¿Estás segura? Me parece que apenas puedes caminar.

—Claro que puedo —dijo Vilma tímidamente, sin atreverse a mirarlo.

—De acuerdo, parece que tienes más prisa que yo. —El hombre, satisfecho, estaba de muy buen humor.

Vilma se sentó, dándole la espalda, y se puso el albornoz.

—Date prisa —le urgió al hombre para que se levantara también, mientras ella iba al vestidor a ponerse la ropa.

Diez minutos después, ambos estaban vestidos y listos.

Vilma notó de inmediato que él llevaba el traje que ella le había comprado.

Como hacía frío afuera, se había puesto una gabardina encima, lo que lo hacía parecer aún más alto, apuesto y elegante.

Palmiro, al ver que lo estaba mirando, sonrió y abrió los brazos.

—¿Qué pasa? ¿No se me ve bien?

Vilma frunció los labios y dijo con orgullo:

—Yo te lo compré, ¿cómo no se te iba a ver bien?

Miró la hora. Eran casi las nueve.

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