Palmiro se frotó la nariz, respiró hondo para calmar la agitación de su corazón y se dio la vuelta para abrir su armario.
Buscó la ropa que se pondría.
Después de mirar varias opciones, finalmente decidió usar el conjunto que Vilma le había comprado unos días antes.
El sonido del agua corriendo en el baño llenaba el silencio. Solo con imaginar la escena, sentía que le costaba mantener el control.
Para ahorrar tiempo, tomó su ropa y fue a ducharse a otro de los baños.
Vilma se lavó el pelo y el cuerpo a conciencia, frotándose una y otra vez, temerosa de no estar lo suficientemente limpia y dejarle una mala impresión con algún olor desagradable.
Pero como tenían prisa por ir al registro civil, no podía tardar demasiado, así que tuvo que apurarse.
Media hora después, abrió la puerta y salió, secándose el pelo con una toalla.
—Ya terminé, te toca.
Sin embargo, la habitación estaba en silencio.
Dio unos pasos para mirar y se dio cuenta de que no había nadie en el dormitorio.
«Con la prisa que tenemos, ¿a dónde se habrá metido?».
—Palmiro —dijo al abrir la puerta y asomarse al pasillo.
Nadie respondió.
—¡Palmiro! —volvió a llamarlo, esta vez más fuerte.
—¿A quién invocas? —Palmiro salió del baño que estaba al final del pasillo del segundo piso, también secándose el pelo con una toalla.
Vilma estaba a punto de decirle «te toca», pero al ver que ya se había duchado, recordó de repente que en la casa había varios baños y que no era necesario esperar al del dormitorio principal.
Frunció los labios, observando cómo el albornoz del hombre estaba entreabierto, revelando un pecho musculoso y sexy. De repente, sintió que le faltaba el aire y se dio la vuelta para volver a la habitación.
Pero Palmiro, con sus largas piernas, la alcanzó en dos zancadas y la rodeó por la cintura desde atrás.
—¿No me estabas llamando? ¿Por qué huyes en cuanto me ves? —Se inclinó sobre ella desde atrás, su aliento cálido rozándole el cuello.

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