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Adiós, esposo impotente romance Capítulo 357

Vilma lo miró fijamente durante dos segundos, y luego sus mejillas ardieron.

—¿Qué haces? ¿Quién dijo que quería hacer algo? ¿Por qué les das vacaciones a Leira y a los demás así como así? Nadie alimentará a los peces dorados del estanque. ¿Y si se mueren de hambre?

Al ver que él había descubierto sus intenciones, su mente se quedó en blanco. Estaba tan avergonzada que no quería ni mirarlo, y probablemente ni siquiera se dio cuenta de lo que acababa de decir.

Mientras los peces tuvieran agua, no se morirían de hambre.

Era una excusa terrible.

Palmiro resopló.

—Sigues fingiendo. Pienso lo que tú piensas y me adelanto a tus deseos, ¿no deberías agradecérmelo?

—No entiendo de qué hablas. —Vilma se giró para mirar por la ventanilla, demasiado avergonzada para responder.

Fuera de la vista del hombre, se mordió el labio con fuerza, conteniendo una sonrisa. La mezcla de fastidio, desconcierto, nerviosismo, expectación y timidez pintaba en su rostro una expresión más delicada que una flor.

Regresaron a Villa Verde a las siete y media de la mañana.

Leira y Susana ya se habían ido.

En principio, debían bajar del coche juntos.

Pero justo al entrar en la casa, sonó el teléfono de Palmiro.

Vilma sintió un respingo, como si le hubieran dado un latigazo. Aprovechando que él contestaba la llamada, aceleró el paso en silencio y subió las escaleras primero.

Al llegar al vestidor, acababa de sacar la toalla y el albornoz del armario cuando, al darse la vuelta, se encontró con la figura alta y esbelta del hombre justo detrás de ella.

—¡Ah! —exclamó, sobresaltada, inclinándose hacia atrás—. ¿Acaso no haces ruido al caminar?

Palmiro rio en voz baja, su mirada era intensa, como una red fina que la envolvía.

Sin decir palabra, se acercó a ella con una mezcla de ternura y autoridad.

Vilma, presionada por su avance, retrocedió un par de pasos por instinto, casi metiéndose dentro del armario.

—Ah, tú… —Ya no tenía espacio para retroceder, y su voz tembló de pánico.

Palmiro le sujetó la nuca con una mano y, con un suave tirón, la trajo de vuelta hacia él.

Sus miradas se encontraron y ninguno de los dos dijo nada.

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