Al principio, Vilma no lo oyó. No fue hasta que un colega pasó a su lado y golpeó suavemente su escritorio que levantó la cabeza.
—Vilma, te buscan —repitió el colega.
En ese mismo instante, al levantar la vista, Vilma vio la figura que estaba de pie fuera del departamento, ¡y se quedó petrificada del susto!
¡Era Facundo!
¿Cómo había encontrado su lugar de trabajo?
Temiendo que viniera a armar un escándalo, su rostro se ensombreció y se levantó rápidamente para salir.
Facundo, al verla acercarse, esbozó una sonrisa. —Vilma, por fin te encontré.
Otra vez llamándola Vilma. Qué asco.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Vilma con frialdad—. ¿Cómo me encontraste?
Facundo explicó: —Una vez entré en tu correo electrónico y recordé tu contraseña. Pensé que si buscabas trabajo, seguro usarías tu correo para enviar currículums.
Vilma se enfureció. —Eso es una invasión de mi privacidad.
El rostro de Facundo se contrajo en una mueca de tristeza. —Vilma, no tenía otra opción. Aparte de ti, no sé a quién más recurrir.
Los colegas entraban y salían, y todos los miraban.
Vilma no quería ser el centro de los chismes, así que se dirigió al ascensor. —Hablemos en otro lugar.
Facundo la siguió de inmediato.
En el ascensor, su tono de voz mezclaba sorpresa con un toque de envidia. —No me imaginaba que, después de tantos años sin trabajar, conseguirías un puesto en una empresa tan grande. El sueldo debe ser bueno, ¿verdad?
Vilma lo ignoró, con la vista clavada en su teléfono.
Karina le estaba escribiendo, preguntándole si tenía tiempo para salir el fin de semana.
A Facundo no le importó su actitud y continuó: —Te quedaste con todos nuestros bienes. La verdad, podrías no trabajar y te sobraría para el resto de tu vida, ¿no?

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