Lo que Vilma quería expresar era que valoraría ese matrimonio y lo valoraría a él, pero que también respetaría sus decisiones y no se aferraría a él.
En cualquier caso, sentía una profunda gratitud hacia Palmiro y la familia Carmona.
Pero al escucharla, el rostro de Palmiro se tensó aún más. —Qué generosa eres.
Vilma notó el sarcasmo en su voz y frunció los labios, sin decir nada más.
El coche llegó al edificio de la oficina de Vilma. Ella se giró, dispuesta a bajar.
De repente, Palmiro volvió a hablar: —En mi mundo no existe el divorcio, solo la viudez. Vilma, piénsalo bien. Una vez que te cases, estarás atada a mí de por vida.
Vilma se quedó atónita.
El matrimonio siempre había sido idea suya.
Pero ahora, con lo que decía, parecía como si fuera ella la que insistía en casarse.
Tras un silencio de dos segundos, frunció el ceño y preguntó: —¿Entonces puedo no casarme contigo?
—¿No casarte? —replicó Palmiro con frialdad—. Pues ve y díselo a mis padres. Si a ellos les parece bien que su nieto sea un bastardo, por mí no hay problema.
Vilma se quedó sin palabras.
Este hombre a veces era realmente irracional.
Él era quien quería casarse y darle un nombre, y ahora era él quien la amenazaba con que lo pensara bien antes de hacerlo.
Cuando ella sugirió no casarse, él sacó a relucir a Poncio y a Manuela, lo que era una clara forma de presionarla.
Vilma finalmente lo entendió y, molesta, espetó: —Entonces, si no me das opción, ¿para qué haces esa pregunta?
Palmiro resopló. —Y encima te enojas.
¡Sí!
Vilma estaba enojada, así que le soltó sin más: —¡Creo que se te pegó la maña de abogado, siempre hablando con rodeos! ¡Qué costumbre la tuya!

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