Vilma se paró junto a la ventana, con una respuesta ya preparada en su mente:
—Claro que me preocupo por ti. Si te pasara algo, ¿a quién le pediría que me ayudara a tener un hijo para salvar a Nereo?
Al oír la primera parte de la frase, Palmiro pensó que ella finalmente se había sincerado y se atrevía a admitir sus sentimientos.
Pero antes de que pudiera alegrarse, ella añadió la segunda parte.
—Vilma, de verdad sabes cómo sacarme de quicio —dijo él, casi entre dientes.
—¿Por qué te enojas? Solo digo la verdad —replicó Vilma, disfrutando de las luces de Ciudad Brisamar con un humor bastante bueno.
—¿Así que ahora me estás utilizando para tus fines?
—¿No fue usted mismo, señor Palmiro, quien se ofreció de voluntario? —contraatacó Vilma con soltura.
Palmiro, sosteniendo el celular, giró la cabeza para mirar por la ventanilla del coche.
El vehículo ya había entrado en la autopista y avanzaba a gran velocidad.
Si no había tráfico, en una hora llegaría a Ciudad Brisamar.
Esa mujer, sin saber nada, se aprovechaba de la distancia para provocarlo una y otra vez.
Palmiro esbozó una sonrisa maliciosa, pensando ya en cómo le daría su merecido cuando se vieran.
Vilma, al notar su silencio, perdió un poco de su alegría.
—¿Qué pasa? ¿Te enojaste por una simple broma? De todas formas, te estoy muy agradecida. Eres el mayor benefactor para mi hijo y para mí.
Vilma era así de blanda.
En cuanto él se quedaba callado, ella inmediatamente intentaba contentarlo.
No podía evitarlo. Palmiro la había ayudado demasiado.
Además, ese hombre ya se había instalado en su corazón.
Y ahora, menos que nunca, quería hacerlo enojar.
—No soy tan mezquino —dijo Palmiro con arrogancia.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós, esposo impotente