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Adiós, esposo impotente romance Capítulo 27

Palmiro acababa de llegar al hospital y, al entrar en la habitación, no encontró a sus padres.

Supuso que su madre estaría haciéndose algún estudio. Estaba a punto de salir a buscar a Ignacio cuando los vio regresar, charlando.

Poncio, al escuchar el tono severo de su hijo, se apresuró a culpar a su esposa. —Pregúntale a tu madre. Se empeñó en salir, es muy terca. ¿Cómo me atrevería a contradecirla?

Palmiro frunció el ceño, su rostro severo reflejaba aún más confusión mientras miraba a su madre en la silla de ruedas.

Manuela conocía el temperamento de su hijo mayor.

Sabía que si decía la verdad, él la regañaría, pensando que se había vuelto loca.

Así que, tras un momento de vacilación, mintió: —Estaba muy agobiada en la habitación. Vi que hacía buen sol y salí a tomar un poco de aire.

—¿Sol?

Palmiro se giró y miró por la ventana de la habitación. —¿Estoy ciego o usted ya no ve bien? Afuera está lloviendo.

—¡Palmiro, cómo le hablas así a tu madre! —lo reprendió Poncio, defendiendo a su esposa con una expresión seria.

Palmiro apretó los labios, su mirada recorriendo a sus padres, convencido de que mentían.

Y de que habían hecho algo a sus espaldas.

—El hospital está lleno de cámaras. Si no me lo dicen, tendré que ir a revisar —dijo, haciendo ademán de salir.

—¡Basta ya! —exclamó Poncio, molesto. Empujó la silla de su esposa hacia el interior de la habitación y respondió con impaciencia—: Solo salimos a dar una vuelta y… de paso, a ver a los hijos de otras personas para consolar nuestro trauma psicológico. Todo porque tú, a tu edad, ni te casas ni nos das un nieto.

Poncio era un experto en desviar la atención, endosándole la responsabilidad a su hijo en un instante.

Palmiro se quedó atónito. —¿Hijos de otras personas? ¿De quién?

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