—Jefe, mire, esta es una foto del niño. Tiene leucemia y está internado en el área de hematología del ala sur, justo en nuestro mismo piso.
Mientras Iker hablaba, Palmiro ya estaba ojeando el informe.
La primera página era una foto del niño.
Su mirada se quedó fija, sintiendo una conmoción interna.
El pequeño tenía rasgos finos y bien proporcionados; a primera vista, era como ver a Norberto de niño.
Iker, al notar su expresión solemne y asombrada, no pudo evitar comentar: —¿Verdad que sí? Se parece muchísimo al joven Norberto. Aunque, para alguien que no conoció a Norberto, se parece más a usted.
Al fin y al cabo, los dos hermanos de la familia Carmona tenían un aire similar.
Palmiro no dijo nada, simplemente pasó la página y vio el número de la habitación.
—Vamos a ver.
Iker se emocionó y lo siguió, casi trotando.
—Jefe, ¿tiene algún plan?
—Es el hijo de otra persona, ¿qué plan podría tener? —respondió Palmiro sin volverse, con el rostro serio.
—¡Podría apadrinarlo! Así las familias podrían relacionarse y el niño podría venir a pasar tiempo con los ancianos.
—¿En qué siglo vives? ¿Apadrinarlo?
Iker hizo un mohín, pero no se atrevió a decir más.
Llegaron a la puerta de la habitación y ambos, instintivamente, aminoraron el paso.
Iker, actuando como un ladrón, miró a ambos lados. —Jefe, no hay nadie.
Palmiro, exasperado, le lanzó una mirada fulminante.
Fue entonces cuando Iker se dio cuenta de su actitud sospechosa y se enderezó de inmediato.
Al llegar a la puerta, Palmiro, lleno de expectación, miró hacia adentro, solo para encontrar la cama vacía.
Iker también se extrañó. —¿Por qué no está? ¿Habrá salido a pasear?
—¿Quién cuida al niño? —preguntó Palmiro.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós, esposo impotente