—Más o menos… Antes usaba el apellido de mi papá, y ahora uso el de mi mamá. ¿Es porque mi papá ya no me quiere que ya no uso su apellido? —preguntó Nereo, a medio entender, expresando la duda que tenía en su corazón.
Vilma se acercó a su hijo, se arrodilló y le acarició la mejilla. —Cariño, si tú todavía quieres que él sea tu papá, entonces lo es. Si no quieres, entonces no lo es.
Nereo, como era de esperarse, se ablandó. Bajó la mirada y guardó silencio por un momento. —Pobre de mi papá. Pero él fue quien nos dejó primero, así que yo tampoco lo quiero a él. Mejor usaré el apellido de mi mamá.
A su corta edad, ya sabía distinguir el bien del mal.
Vilma tomó a su hijo en brazos. —Qué bueno eres, mi amor. Vamos a casa.
Miró a Palmiro, todavía incómoda, con la vista errante.
Pero al bajar la mirada, sin querer, sus ojos pasaron de nuevo por la zona de la cintura de Palmiro.
Todavía estaba…
Apartó la vista a toda velocidad, como si se hubiera quemado. —Oye… ve a ocuparte de tu trabajo. Nosotros ya nos vamos a casa.
Dicho esto, y sin esperar la respuesta de Palmiro, se dio la vuelta con el niño en brazos y se fue.
Nereo, recostado en la espalda de su madre, levantó su manita y se despidió cortésmente: —Adiós, tío.
Palmiro también le dijo adiós con la mano.
Poco después de que Vilma y Nereo se fueran, entró Iker.
—Jefe, ¿qué le pasa a la señorita Aguayo? La saludé y ni me hizo caso, se fue a toda prisa —preguntó Iker con curiosidad.
Palmiro esbozó una media sonrisa. —Está avergonzada, ¿qué más podría ser?
—¿Avergonzada? —Iker se sorprendió, y luego pareció comprender—. Parece que la señorita Aguayo cada vez tiene menos resistencia ante usted, jefe.
—Adularme no te conseguirá un bono —dijo Palmiro, tomando su abrigo y colgándoselo del brazo mientras salía de la habitación privada.

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