En cuanto las puertas del ascensor se cerraron, Vilma no pudo contener su asombro y sacó el celular para llamar a Karina.
—Oye, Kari, ¿adivina dónde estoy? —susurró Vilma con un tono emocionado.
Karina, que estaba almorzando, le siguió el juego.
—¿Dónde? ¿En una cita con Palmiro?
—Tsk, no digas tonterías —Vilma salió del ascensor, miró a ambos lados hasta encontrar la suite principal y continuó en voz baja—. ¿Te acuerdas de la mansión que Poncio y Manuela insistieron en regalarme? Hasta hoy he tenido tiempo de venir a verla. ¡Es espectacular! En serio, parece un sueño, no me lo puedo creer.
—Claro, la familia Carmona es una de esas dinastías adineradas de verdad. Don Poncio sigue siendo el presidente del grupo y Palmiro es uno de los principales accionistas. Mi tío me contó que también ha invertido en varias empresas de tecnología y finanzas. Imagínate con el auge tecnológico de los últimos años... seguro que Palmiro ya se ha llenado los bolsillos. En toda la ciudad no hay un joven talento con mayor capacidad para generar dinero que él.
Vilma escuchaba asombrada, pero no pudo evitar quejarse:
—Con razón dijo una vez que para él el dinero es solo un símbolo.
—Por supuesto que sí. ¿Y bien? ¿Te has animado? Si logras conquistarlo, tendrás una fortuna de miles de millones a tu disposición.
—No es que me falte dinero. No voy a vender la libertad que tanto me costó conseguir solo por eso.
—Pff, ¡qué testaruda eres!
Tras colgar, Vilma empujó la puerta de la suite principal.
Al entrar, sintió como si se abriera ante ella un nuevo mundo.
La suite tenía 60 metros cuadrados y se dividía en una zona de dormitorio, un baño privado, un vestidor y una pequeña sala de estar.
La ropa que había traído de su antigua casa ya estaba perfectamente ordenada por temporada en el vestidor.
A decir verdad, sentía que sus prendas, tan comunes y corrientes, no merecían estar en una habitación tan lujosa y elegante.

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