—Mmm —dijo él con voz calmada y en un susurro—. Buena propuesta. Cómpralo tú, y así aprendemos juntos. Para que un día no te arranquen la boca a ti también.
La indirecta era clara: Vilma también tenía una lengua afilada.
—Yo no soy así, tú me provocas.
—Entonces deberías agradecérmelo. He sacado a relucir otra faceta tuya, permitiéndote conocerte de una manera más completa.
Vilma se quedó sin palabras.
Temiendo que, si seguían hablando, terminarían discutiendo y despertando al niño, se limitó a decir:
—Duérmete ya. Haz como que no existo.
En la penumbra, pareció que Palmiro sonreía ligeramente antes de volver a cerrar los ojos.
Vilma se dio la vuelta, se dirigió a la otra cama y se acostó.
Por fin, un día ajetreado llegaba a su fin.
Soltó un largo suspiro y cerró los ojos.
No supo cuánto tiempo pasó, pero en el silencio del espacio, la voz grave y serena del hombre volvió a sonar:
—¿Ya lo pensaste?
Vilma no abrió los ojos, pero era evidente que los movió bajo los párpados.
¿No le había dado tres días para considerarlo? ¿Cuánto tiempo había pasado para que ya le estuviera preguntando qué había decidido?
Respiró hondo y, sin ganas de responderle, fingió estar dormida.
—No te arrepentirás de tener un hijo conmigo —continuó Palmiro, tratando de persuadirla.
En realidad, Vilma ya estaba dudando, aunque solo fuera por salvar a su hijo, pero se mantuvo firme.
—No me falta el dinero.
—El dinero nunca está de más.
—A mí me sobran tus palabras.

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