La oficina era enorme, imponente, con un lujo discreto.
Y el hombre sentado detrás del gran escritorio tenía rasgos afilados y profundos, con un aura gélida y dominante. Era precisamente “el hombre de hielo” con el que se había topado varias veces en el hospital últimamente.
También era “el hombre del cigarro” del día en que ambos se encontraron en la terraza en sus momentos más vulnerables.
Vilma se quedó de piedra. ¡Qué pequeño es el mundo!, pensó.
Resulta que ya se había cruzado varias veces con el famoso Palmiro.
La secretaria Fiona, al verla paralizada y suponiendo que estaba intimidada por el aura de su jefe, sonrió y le recordó amablemente: —Señorita Aguayo, puede pasar. El señor Palmiro está disponible ahora.
Vilma volvió en sí, sintiéndose increíblemente incómoda. —Claro, gracias.
Palmiro nunca prestaba atención a las mujeres que no conocía; ni siquiera recordaba sus caras.
Pero de esta mujer tenía un vago recuerdo. La que lloraba a lágrima viva en la terraza, que parecía a punto de saltar para quitarse la vida.
Lo comprendió al instante, encasillándola automáticamente en un estereotipo: otra de esas mujeres que dependen de un hombre, del tipo que no puede vivir sin él.
—Fiona, puedes retirarte —ordenó Palmiro con voz neutra, habiendo ya formado un juicio sobre el caso.
Pero como era una recomendación de Mauricio, tenía que, al menos, atenderla.
Fiona salió y cerró la puerta.
Vilma, ya más serena, avanzó unos pasos.
—Señor Palmiro, mi nombre es Vilma Aguayo. Nos vimos en el hospital. Lamento si mi comportamiento fue inapropiado, qué vergüenza.
Palmiro frunció el ceño, con la vista fija en la computadora, luciendo algo molesto.
Cuando Vilma terminó de hablar, él preguntó con voz indiferente: —¿Qué relación tienes con Mauricio?
—Mi mejor amiga es su sobrina.
Vilma respondió y, entendiendo el porqué de la pregunta, se apresuró a explicar: —Sé que su tiempo es valioso y que tiene criterios para aceptar casos. Le agradezco mucho a Mauricio por esta oportunidad.

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