Vilma no supo qué decir y miró a Palmiro en busca de apoyo.
Palmiro entendió su preocupación, pero decidió respetar la opinión de sus padres.
—Si a ellos los hace felices, que lo hagan. Norberto ya no está, pero nosotros tenemos que seguir adelante. Estar contentos no significa que lo hayamos olvidado. Siempre estará en nuestros corazones.
Ya que todos estaban de acuerdo, Vilma no tuvo más remedio que aceptar.
En el fondo, ella también quería que Nereo fuera feliz todos los días.
Nadie podía garantizar que su enfermedad se curaría y, siendo pesimista, nadie sabía si llegaría a celebrar otro cumpleaños.
Por eso, solo quería que cada uno de los días que aún podían atesorar estuviera lleno de alegría y felicidad para su hijo.
————
Por la noche, Palmiro dormía en una cama y Vilma, con Nereo, en otra.
A Palmiro, que en años apenas se había resfriado y mucho menos hospitalizado, estar postrado en una cama le resultaba más tortuoso que pasar una noche en vela trabajando.
La habitación ya estaba a oscuras, pero él permanecía con los ojos abiertos, sin poder conciliar el sueño.
Vilma, acostada junto a su hijo, notó que el pequeño no tardó en dormirse, con la respiración acompasada. Pero ella, consciente de que Palmiro estaba al lado y pensando en su incómoda y ambigua relación, tampoco podía dormir en esa nueva «convivencia».
Le dolía la espalda, así que después de un rato tuvo que moverse. La cama emitió un ligero crujido.
Entonces, la voz grave y serena de un hombre rompió el silencio:
—¿Todavía no duermes?
Vilma se giró instintivamente hacia él.
—¿Tú tampoco?
—No puedo dormir.
—¿Te duele la espalda?
Palmiro no respondió. Las heridas le causaban algo de dolor, pero era un hombre fuerte y podía soportarlo.

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