Apenas terminó de hablar, sonó el teléfono de Palmiro.
Lo sacó, echó un vistazo y contestó sin prisa. —Hola, inspector… Sí, acabamos de salir del hospital. Sus lesiones son bastante graves, dos fracturas de apófisis transversa en la columna. Me temo que hoy no podrá rendir declaración… Sí… De acuerdo, esperaremos unos días. O si es necesario, podemos hacer una declaración telefónica.
Tras colgar, Palmiro soltó un bufido con una sonrisa irónica. —Me encantaría dejarte tirada a medio camino, pero como ves, la policía te está buscando y hasta me llaman a mí.
Vilma tampoco supo qué decir. Parecía que hasta la policía la había asociado inseparablemente con Palmiro.
El Maybach arrancó y se alejó lentamente del hospital.
El dolor en la espalda de Vilma seguía siendo insoportable, impidiéndole calmarse.
Esta lesión requeriría al menos una semana de reposo en cama, seguida de un mes de recuperación cuidadosa. ¿Qué pasaría con Nereo?
Había despedido a la niñera, y el pequeño rechazaba a la nueva cuidadora.
No podía contar en absoluto con sus padres.
Y aunque Facundo era legalmente el padre de Nereo, con la situación tan tensa entre ellos, era imposible que fuera al hospital a cuidarlo.
Cuanto más pensaba en ello, más desolada se sentía. No entendía cómo su vida, que parecía ir bien, se había desmoronado de repente, dejándola en la ruina, sola y desamparada.
Además, con su movilidad reducida, la mudanza y todo lo demás tendrían que posponerse.
¿Y si el retraso hacía que Facundo se arrepintiera y cambiara de opinión?
Una maraña de problemas la envolvía.
Palmiro la vio callada y melancólica, mirando por la ventanilla.
La observó con atención y notó que, aunque su rostro parecía extrañamente tranquilo, sus ojos estaban húmedos y enrojecidos. Una lágrima silenciosa se deslizó por su mejilla del lado de la ventana.

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