Al escuchar las palabras “renunciar a todos los bienes”, Jenaro y su hija volvieron a sentirse derrotados.
Odilia se giró hacia su padre y le preguntó en voz baja:
—Papá, ¿qué hacemos? Mi hermano dice que este abogado es muy bueno. Si llevan esto a juicio, es posible que mi hermano de verdad se quede sin nada...
Jenaro, con el rostro rojo de ira, explotó al oír a su hija.
—¡Carajo! ¡Absolutamente imposible! ¿Por qué toda la fortuna debería ser para ella? —gritó, agitando la mano.
Palmiro, inexpresivo, respondió:
—Porque su hijo es la parte culpable. Porque su hijo cometió violencia doméstica.
—Ay, caramba... —Jenaro estaba tan furioso que no podía hablar. Se llevó una mano al pecho, con una expresión de dolor.
Vilma recordó que él fumaba y bebía constantemente, y que tenía serios problemas cardiovasculares. Preocupada de que le pasara algo, le aconsejó a Odilia:
—Llévate a tu papá a casa. Cuiden de él. El asunto entre tu hermano y yo lo resolverá un tribunal con una sentencia justa.
—Vilma, fuiste la nuera de la familia Zurita durante cuatro años. ¿De verdad vas a ser tan cruel? Aunque mi hermano se equivocó, ¿no puedes ser un poco más tolerante y comprensiva? —dijo Odilia mientras sostenía a su padre, intentando apelar a la lástima para manipularla.
Vilma la desenmascaró de inmediato:
—No intentes manipularme. Como tu hermano me trató, así lo trataré yo. Cuando el niño se enfermó, no quiso dar ni un centavo. Dime, ¿quién es más cruel?
—¡Pero al final conseguiste un millón!
—Ese dinero me lo dio la amante de tu hermano para comprar su matrimonio, como una especie de “rescate”. Cuando el niño estaba enfermo, tu hermano no soltó ni un peso, pero para la amante, sacó un millón de la nada.
Vilma elevó la voz a propósito, asegurándose de que todos los curiosos a su alrededor escucharan la verdad para evitar que se siguieran difundiendo rumores.
—Dime, ¿quién es más cruel? —repitió, devolviéndole la pregunta—. Si estuvieras en mi lugar, ¿estarías aquí de pie, tan tranquila? Seguro ya habrías armado un escándalo monumental.
Odilia apretó los labios, su rostro alternando entre el enojo y la palidez. Intentó hablar varias veces, pero no le salieron las palabras.
Cuando Vilma terminó de hablar, la actitud de los curiosos cambió notablemente.
—Resulta que el culpable se hacía la víctima. ¡Qué patán!
—¡Exacto! Con razón la tasa de matrimonios está por los suelos. ¡Hay demasiados desgraciados como ese! ¡Las chicas ya no creen en el amor!
—Y lo peor es que la familia del patán es igual de rara.
—Claro, por algo dicen “Dios los cría y ellos se juntan”.
Odilia, furiosa, apretó los puños y se encaró con los familiares que comentaban:

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