Entrar Via

Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 792

—Mujer, viéndote así, me resultas aún más excitante.

La voz del hombre era un susurro grave, rozándole la oreja. Y hablaba en un perfecto español.

Esa voz le resultaba aún más conocida, pero seguía sin poder ponerle un rostro.

Sin embargo, sentía con claridad cómo la devoraba con la mirada desde las sombras, acechándola como un depredador.

Los vellos de la nuca se le erizaron. Le faltaba el aire y la cabeza le daba vueltas.

Justo cuando Amaya sintió que iba a desmayarse por la asfixia, el hombre presionó un pañuelo sutilmente perfumado contra su rostro.

La presión en su cuello desapareció por completo, y Amaya, en un reflejo desesperado, inhaló profundamente, aspirando por completo el aroma del pañuelo.

Él no la soltaba.

Con cada respiración agónica, Amaya no tenía más remedio que tragar el químico impregnado en la tela.

Tras unos diez segundos de lucha inútil, empezó a sentir cómo sus músculos se derretían. Algo andaba muy mal con su cuerpo.

Aprovechando su debilidad, el hombre la acorraló, aplastándola contra la pared de ladrillos, y deslizó ágilmente su mano hacia adelante para desabrocharle los pantalones.

—¡Tú... suéltame!

Al darse cuenta de sus intenciones, el grito salió de su garganta de forma automática.

Pero notó con horror que su voz sonaba lánguida y temblorosa. Le ardían las mejillas, su respiración era irregular y una ola de calor empezó a recorrerle las venas.

¡El químico de ese pañuelo era una droga!

Al comprenderlo, el alma casi se le escapa del cuerpo por el terror.

Mientras tanto, el hombre a sus espaldas ardía en deseo, perdiendo el control.

Saber que tenía entre sus brazos a la mujer con la que había estado obsesionado en secreto durante años, y que siempre lo había rechazado, lo empujó al límite.

—¿No te das cuenta de que mientras más te resistes, más me excitas?

Los ojos del hombre brillaban con un fuego enfermo.

Al cruzarse con la mirada de Amaya, clara y llena de furia, revivió al instante el día en que la conoció, muchos años atrás.

Amaya, inmovilizada bajo el peso de su agresor, tanteó desesperadamente la tierra a su alrededor.

De pronto, sus dedos rozaron algo cilíndrico. Por el tacto, supo de inmediato lo que era: una jeringa usada y abandonada en el callejón.

Confirmando que la aguja seguía allí, volvió a apretar las mandíbulas. Ignoró el pesado letargo que arrastraba su cuerpo y, reuniendo hasta la última gota de fuerza de su ser, atacó.

Justo cuando el hombre intentó arrancar su ropa de nuevo, ella levantó la jeringa y se la clavó profundamente en el hombro.

Con un grito desgarrador de furia, presionó el émbolo, inyectándole en el torrente sanguíneo los últimos restos de ese líquido desconocido, fuera droga o veneno.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta