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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 791

¡Bang! ¡Bang!

Las balas rozaron las paredes, y el sonido ensordecedor del cemento destrozándose estalló justo al lado de sus oídos.

Arrastrada por Romeo, Amaya tropezó y ambos se lanzaron hacia un callejón estrecho.

La luz allí era escasa. Los muros estaban desconchados y montones de basura se apilaban a los lados, impregnando el aire con un olor a podredumbre que revolvía el estómago.

—¡Al suelo!

Romeo empujó a Amaya bruscamente detrás de un muro bajo. Él se pegó contra la pared, asomando apenas medio cuerpo para vigilar la entrada del callejón.

Su respiración era agitada y pesada, pero su mirada se mantenía gélida y calculadora.

Amaya se acurrucó detrás de los ladrillos, sintiendo que el corazón le iba a reventar el pecho.

Podía notar cómo el cuerpo de Romeo estaba tenso, como la cuerda de un arco a punto de dispararse. Era evidente que él también estaba aterrorizado.

Los pasos se acercaban cada vez más.

Si se quedaban escondidos allí, en cuestión de minutos quedarían completamente expuestos. Serían capturados, y el destino que les aguardaba era tan incierto como aterrador.

Romeo bajó la voz hasta convertirla en un susurro áspero:

—Amaya, escúchame... Quédate aquí, no te muevas. Voy a salir para distraerlos.

—En cuanto los aleje de aquí, ¡tienes que correr! ¡Corre hacia el este!

—Si mi memoria no falla, del lado este del pueblo hay un acceso a la autopista. ¡Allí habrá patrullas de policía, busca ayuda!

El corazón de Amaya dio un vuelco. Instintivamente quiso aferrarse a su brazo:

—Romeo...

Pero antes de que pudiera decir una palabra más, él ya se había puesto de pie y corría a toda velocidad hacia la otra intersección.

Al ver a Romeo huir, los tres sicarios vestidos de negro salieron corriendo de inmediato tras él.

Cada vez que alguno intentaba acercarse, ella no dudaba en agarrar piedras o botellas rotas del suelo y arrojárselas, aprovechando su confusión para seguir corriendo por su vida.

No sabía cuánto tiempo llevaba huyendo. Sentía los pulmones ardiendo, como si se los hubieran llenado de plomo hirviendo.

Justo cuando sintió que ya no podía más, que sus rodillas cederían y caería al suelo... ¡una mano la agarró por el cuello desde atrás!

En un segundo, su respiración se cortó de tajo. Empezó a asfixiarse.

No podía girar la cabeza ni sabía quién era su atacante, pero de su ropa emanaba un aroma muy peculiar. Un perfume sutil pero penetrante.

Era ese tipo de fragancia que se impregna en la piel después de años de uso. Le resultaba extrañamente familiar, como si lo hubiera olido antes, pero el pánico no le permitía recordar de quién se trataba.

Mientras Amaya se retorcía desesperada por liberarse, la mano que apretaba su garganta se soltó de repente.

Inmediatamente después, el brazo del atacante subió y le tapó la boca y la nariz con fuerza.

Amaya intentó apartar la mano, pero el agarre era brutal, tan firme que le resultaba imposible escapar.

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