—Sebas, ¿de verdad te resulto tan insoportable?
Su voz sonaba cargada de una profunda tristeza y decepción.
Las palabras de Sebastián fueron igual de cortantes.
—Así es. Por eso, deja de intentar sacar tema de conversación. O te callas, o te duermes.
Sin añadir nada más, se cruzó de brazos, apoyó la cabeza contra el tronco del árbol más cercano y cerró los ojos, fingiendo dormir para cortar de raíz cualquier posibilidad de diálogo.
No es que no entendiera los sentimientos de Catalina.
Pero pertenecían a mundos completamente distintos. No tenía sentido alargar algo que solo los llevaría a una situación incómoda, arruinando incluso la posibilidad de mantener un trato cordial dentro de la familia.
Al principio, Sebastián solo quería fingir.
Sin embargo, el cansancio comenzó a ganarle, y sin darse cuenta, su respiración se volvió profunda y regular.
Catalina observaba a ese hombre de perfil afilado que siempre levantaba un muro de hielo a su alrededor, y sentía un nudo en la garganta.
Instintivamente, su mirada bajó hacia sus piernas.
Cualquier persona, al dormir, suele flexionar las piernas para estar más cómoda, pero las de él permanecían rígidas, estiradas en línea recta.
Además, la mayoría de los hombres preferían usar calcetines cortos y discretos, pero él llevaba unos gruesos calcetines negros que le cubrían hasta donde alcanzaba la vista.
Recordó la textura dura, casi metálica, que había sentido cuando rodaron por la pendiente. Una idea absurda y aterradora empezó a tomar forma en la mente de Catalina.
*¿Acaso sus piernas esconden un secreto terrible?*
*¿Será esa la verdadera razón de su actitud tan distante y fría?*
Un atrevimiento irracional se apoderó de ella.

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