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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 724

Las dos amigas llevaban un rato comparando varias piezas en el mostrador. O eran demasiado pesadas y Amaya no quería que Sofía gastara tanto dinero, o eran demasiado ligeras y Sofía sentía que no representaban bien su amor de madrina.

Estaban justo en medio de un debate cuando, de repente, escucharon la voz de Paula Muñoz.

Amaya reconoció esa voz al instante y giró la cabeza.

Cuando sus miradas se cruzaron, ambas reflejaron exactamente la misma sorpresa.

El asombro de Paula vino acompañado de un destello de alegría.

—Amaya... ¿tú también estás aquí?

Amaya, tomada por sorpresa, parpadeó un par de veces y luego esbozó una pequeña sonrisa.

—Sí... ¿viniste de compras?

Paula siempre había sido de pocas palabras y su trato con Amaya en el pasado fue escaso. Solo habían coincidido unas cuantas veces en las reuniones familiares de los Muñoz.

Amaya no tenía muchos recuerdos de ella. El único que le venía a la mente era de una ocasión en la que Melina intentó humillarla obligándola a salir al jardín a cortar flores bajo un aguacero.

Justo cuando Amaya estaba a punto de salir bajo la tormenta, Paula apareció con un gran paraguas negro y la acompañó al jardín sin decir una palabra.

Eso había ocurrido hacía tanto tiempo que los detalles eran borrosos.

Pero aquella pequeña muestra de bondad hizo que Amaya no sintiera hacia Paula el mismo desprecio visceral que sentía por las otras mujeres de esa familia.

Además, sabía por su hermano que el esposo de Paula, Ignacio Valdés, era en realidad un subordinado suyo, y que el verdadero dueño de su empresa era, de hecho, su hermano mayor.

Paula sonrió de manera algo incómoda, sin saber muy bien qué decir.

Se giró hacia la empleada de la tienda y señaló un fino y elegante medallón de oro en la vitrina.

—Disculpa, por favor, muéstrame ese.

La empleada la miró con sorpresa.

—Señora, ¿está segura de que desea esta pieza? Se ve pequeña, pero es oro macizo, pesa cien gramos.

Jamás se imaginó que Paula, quien siempre parecía tan callada y apática, fuera tan generosa.

—No es necesario, de verdad. Deberías guardarlo. A Reni no le falta nada.

Amaya se negó por instinto. No quería aceptar ni la más mínima muestra de amabilidad de nadie que llevara el apellido Muñoz.

Pero Paula, con una fuerza inusitada, le puso la caja en las manos. De pronto, sus ojos se llenaron de lágrimas y su voz tembló de emoción.

—¡Amaya, por favor, tienes que aceptarlo!

—¡Como la hija más ignorada de la familia Muñoz, nadie entiende mejor que yo el dolor que debes sentir al ver a tu hija siendo rechazada y marginada!

—Yo... yo no tengo mucho poder, ¡pero quiero que Reni sepa que no todos los Muñoz somos unos monstruos!

—¡Al menos yo, su tía Paula, la quiero desde el fondo de mi corazón y deseo que crezca sana y muy feliz!

El rostro de Paula se enrojeció por la intensidad de sus sentimientos. Sus manos apretaron las de Amaya con una fuerza que logró remover el corazón de Amaya, un corazón que ella creía haberse vuelto de piedra frente a esa familia.

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