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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 723

Josefa abrió los ojos de par en par, enfurecida. Tomó un cojín del sofá y se lo arrojó a sus dos hijas mayores.

—¡Par de cobardes! ¡Escuchen las tonterías que están diciendo!

—¿Qué tan intocable puede ser Amaya? ¡Lo único que tiene es a Romeo Ortega respaldándola!

—¡Si me dicen que no me meta con ella, más ganas me dan! ¡Cuando logre poner a Ximena en su contra, quiero ver cómo hace Amaya para seguir sintiéndose tan superior!

Lejos de escuchar a sus hijas, Josefa las despreciaba por lo que consideraba debilidad.

De sus tres hijas, Melina era la única que le recordaba a ella misma en su juventud.

La mayor era demasiado seria y amargada, la viva imagen de su padre, Rubén Muñoz.

La del medio era muy bonita, pero no tenía una pizca de astucia; no sabía a quién había salido.

Solo la menor, Melina, compartía tanto su carácter como su ambición.

Pensando en eso, Josefa llamó a Melina a su habitación, abrió su caja fuerte y sacó un deslumbrante collar de diamantes azules.

—Melina, has aguantado muchos malos ratos por estar de mi lado últimamente. Este collar me lo regaló tu padre en nuestro tercer aniversario, lo compró en una subasta. Tómalo, es un detalle de mi parte.

Los ojos de Melina brillaron de avaricia.

—Mamá, esto cuesta una fortuna... ¿De verdad me lo das a mí? ¿Qué pasará si mis hermanas se enteran y se enojan?

Josefa resopló con desdén y le puso el collar en las manos.

—Mis cosas se las doy a quien yo decida.

—Ellas siempre me llevan la contraria. Tú eres la única que me entiende y me apoya. Si sigues portándote bien, todo lo mío será para ti.

Llena de euforia, Melina se puso el collar de inmediato y salió corriendo para presumírselo a Leonor y a Paula.

De pronto, sintió un deseo inmenso de conocer a la hija de Diego.

Desde que volvió al país, aún no había visto a su sobrina ni una sola vez.

A Paula le encantaban los niños, pero en todos los años de matrimonio con Ignacio, había sufrido cinco abortos espontáneos. La maternidad se le escapaba de las manos.

Casi como si estuviera en trance, estacionó el auto, entró en la joyería y se acercó a la vendedora.

—Hola. Quiero un medallón de oro para una bebé, ¿podrías mostrarme los mejores que tengan?

***

Casualmente, Amaya y Sofía Vargas también estaban en esa misma joyería.

Reni estaba por cumplir su primer año y Sofía, como su madrina, insistió en comprarle una esclava o un medallón de oro, arrastrando a Amaya a la tienda para que la ayudara a elegir.

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