Marta sostenía a la niña, con el rostro lleno de confusión:
—Señora, ¿el señor de verdad se fue así nada más? ¿De quién dijo que acababa de ser mamá? ¡Si la que acaba de dar a luz es usted! El señor…
La indiferencia de Diego hacia su esposa era tan obvia que hasta las empleadas se daban cuenta.
Eva le lanzó una mirada fulminante a Marta para que cerrara la boca.
Amaya respiró profundo, con una mirada gélida:
—Marta, guarda las cosas de la niña. Yo voy a subir a empacar lo mío. Ya no vamos a vivir en esta casa.
Marta se quedó con la boca abierta. Eva también se llevó tremendo susto y se interpuso en el camino de Amaya:
—¡Señora, por favor no sea impulsiva! El señor siempre la ha tratado muy bien, él… es que tiene mucho trabajo.
—Aunque no estuvo mucho tiempo con usted durante el embarazo, cada semana le mandaba flores. Mire, los girasoles siguen fresquecitos en la mesa.
Los girasoles eran las flores favoritas de Amaya, porque siempre miraban hacia arriba, crecían con fuerza y no dependían de nadie.
Pero después de ver cómo él se había desvivido por Vera durante todos esos meses, mandarle unas simples flores para motivarla a ser fuerte… A Amaya, de repente, le dieron asco.
Apartó a Eva a un lado y le ordenó con frialdad:
—Tíralos, me revuelve el estómago verlos.
Amaya no pudo controlar su coraje y subió las escaleras furiosa.
Eva, muerta de miedo, hizo lo que le pidieron y arrojó a la basura los girasoles que apenas habían llegado ese día.
Una vez arriba, Amaya preparó sus maletas en un abrir y cerrar de ojos.
Justo cuando iba a bajar, el celular vibró. Era su mejor amiga, Sofía Vargas.
Amaya intentó calmarse un poco y contestó:
—Sofi.
—Ami, escuché que tu marido organizó la fiesta del primer mes de tu hija al mediodía y que invitó a un montón de amigos. ¿Por qué no me avisaste? ¿Qué, ya no somos amigas o qué?
—Esa fiesta no fue para mi hija —aclaró Amaya—. Fue para el hijo de alguien más.
Sofía pegó el grito en el cielo al instante:
—¡No manches! ¿De qué me estás hablando? ¿Tu marido te está poniendo el cuerno? ¡¿Y hasta hijo tiene?!
Lo único que quería era destruir todo. Convertirlo a cenizas.
Las llamas se alzaron furiosas y una nube de humo negro se elevó hacia el cielo. El olor a quemado se esparció por el vecindario; los vecinos empezaron a asomarse por las ventanas, creyendo que la casa se estaba incendiando.
Eva y Marta se miraron entre sí, tan aterradas por el aura intimidante que emanaba Amaya que ni siquiera se atrevieron a acercarse.
Eva se metió a escondidas al baño y marcó el número de Diego. Le llamó tres veces, pero él nunca contestó.
Cuando Sofía llegó en su coche, vio a Amaya parada a la mitad del patio en pijama. La luz de la fogata iluminaba su rostro pálido y apático.
Se le hizo un nudo en la garganta y, sin pensarlo, se quitó su chamarra para ponérsela encima a su amiga:
—¡Acaso te volviste loca! ¡Apenas terminaste la cuarentena, deberías estar abrigada! ¿Qué haces aquí parada sin suéter? Ya sé que a tu marido le vales, pero ¿y tus empleadas? ¿Están ciegas o qué?
Sofía la regañaba mientras la abrazaba y le quitaba la maleta de las manos.
Al sentir el calor del abrazo de Sofía, Amaya soltó la tensión que la mantenía en pie y se desvaneció, perdiendo por completo el conocimiento.
—¡Ami! ¡Ami!
En medio de su letargo, alcanzó a escuchar a alguien gritando su nombre, pero los párpados le pesaban tanto que le fue imposible abrir los ojos.

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