La voz al otro lado del teléfono pertenecía a Clara Ortega, la concuñada de Ximena y esposa del hermano mayor del padre de Romeo.
Su tono delataba una urgencia que rara vez mostraba.
—Ximena, las hermanas Ponce ya salieron. Para limpiar su nombre, organizaron una gala de caridad esta noche en el Club Cúspide, y prácticamente toda la élite de Solsepia está invitada. Supongo que las invitaciones para Beatriz y para ti llegarán en cualquier momento, pero... por lo que más quieran, no vayan.
—¡Es una trampa! Como las detuvieron durante tantos días junto a la señora Morales y la señora Lima por lo que pasó la última vez, están que echan chispas. Ahora odian a muerte a Amaya y a Romeo. Quieren usar esta gala como excusa para humillarlas a Beatriz y a ti, ¡van a intentar destruirlas frente a todas las mujeres influyentes de la ciudad!
—Acaban de crear un grupo de chat y me agregaron para ver si quería unirme a su 'escuadrón de ataque'. Puse una excusa y me sacaron. Ximena, no sé qué planean hacer exactamente, pero estoy muy preocupada y quise advertirles antes de que sea tarde.
Clara relató todo sin siquiera tomar aire.
—¿Una gala de caridad?
Ximena dejó escapar una risa fría, cargada de desprecio absoluto.
—Típico de las hermanas Ponce. Llevan años usando la caridad como fachada para formar bandos, aislar a la gente y convertir a la alta sociedad en un nido de víboras. ¡Hace tiempo que no las soporto!
—¡Clara, muchas gracias por el aviso! ¡Ya sé perfectamente lo que voy a hacer!
Clara, con el miedo evidente en la voz, insistió.
—Ximena, tú siempre has sido de perfil bajo, no te gusta mezclarte en esos dramas. Hazme caso esta vez y no vayas. No caigas en su juego.
—Esas mujeres hacen lo que quieren usando la influencia de sus familias. Solo de recordar cómo acosaron y destruyeron a Beatriz hace años, se me pone la piel de gallina... Ximena, los Ortega no somos débiles, pero tú estás sola en esto. Yo tengo que cuidar la posición de tu cuñado y muchas veces no puedo tomar partido públicamente. Temo que si vas, te hagan pedazos.
Los ojos de Ximena se volvieron pedazos de hielo.
—¡Si tienen el valor de invitarme, yo tengo el valor de asistir! ¡Esta vez no me voy a morder la lengua! ¡Lo que le hicieron a Beatriz hace años pasó porque yo estaba fuera del país, si no, jamás lo habría permitido! Clara, tranquila, sé exactamente a lo que voy.
Clara se quedó atónita, pero trató de persuadirla una última vez.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Adiós a la Esposa Perfecta