Amaya pisó el acelerador a fondo y condujo de regreso a Villa Jardín del Edén, la casa donde vivían.
Al abrir la puerta, Eva, una empleada veterana de la casa, estaba jugando con la bebé junto a Marta, la niñera que Amaya había contratado.-
Ambas se asustaron al ver el rostro pálido de Amaya:
—Señora, ¿qué le pasó?
Amaya esbozó una sonrisa forzada:
—No es nada. Tengo hambre, por favor prepárame un poco de caldo de pollo.
Tomó a la niña de los brazos de Marta y todo el caos de sus emociones logró tranquilizarse al ver la carita rosada de su bebé.
Le dio un beso en la mejilla y le hizo una seña a Marta para que la llevara a dormir a su cuarto.
En ese momento, Eva le sirvió el caldo, y apenas Amaya había probado la primera cucharada caliente...
Al segundo siguiente, su enojo volvió a encenderse cuando recibió un montón de fotos en el correo del trabajo.
Los correos venían de una dirección anónima. Eran las pruebas contundentes de que Diego había estado junto a Vera durante todo su embarazo y hasta el parto.
Las imágenes eran claras y los mostraban en actitudes muy cercanas en parques, hospitales, restaurantes y toda clase de lugares.
Amaya las fue viendo una por una, sintiendo que los dedos se le entumecían y la sangre se le volvía a helar.
Y como si no fuera suficiente con mandarle todo eso, la persona detrás de los correos le llamó directamente al celular:
—Seguro ya viste las fotos, ¿verdad, ridícula? Mientras tú te partías la espalda trabajando embarazada, tu marido no se despegaba de mí ni un segundo.
—¿Sabes lo lindo que fue conmigo? Me daba masajes cuando se me hinchaban los pies y, como le daba miedo que me salieran estrías y me viera fea, me puso crema en la panza desde el tercer mes hasta que nació el bebé.
—¡Ah, por cierto! Yo sabía perfecto que ese adorno de oro era reliquia de tu familia, por eso me capriché en que se lo regalara a mi hijo. Y él, sin dudarlo, me lo dio. Para que veas lo poco que le importas.
—¿Ya por fin entendiste? ¿Por fin te vas a divorciar y a dejarlo en paz? Era hora de que abrieras los ojos. Eres una adicta al trabajo sin una gota de atractivo femenino, ¡no mereces tener a un hombre tan maravilloso como él!
...
Aunque la voz del celular sonaba como la de un muchacho joven y claro, cada palabra que escupía estaba llena de veneno.
Miles de preguntas rondaban en la mente de Amaya, acompañadas de una furia abrumadora.
En ese momento, se escuchó el sonido de la cerradura de la puerta. Era Diego que regresaba.
Al ver a Amaya sentada comiendo en el comedor, él caminó directo hacia ella y se sentó enfrente.
Tenía el rostro sombrío. Apenas tomó asiento, sacó una cajetilla del bolsillo, prendió un cigarro y se la ofreció a Amaya:
—¿Quieres uno?
Amaya lo miró de reojo, sin ganas de decir una sola palabra.
Él había olvidado por completo que ella había dejado de fumar por la bebé; desde la etapa de planificación hasta el parto, llevaba dos años enteros sin tocar un cigarro.
El hombre encendió el cigarro sin darle más vueltas y estiró la pierna bajo la mesa para darle un leve golpe en la rodilla a su esposa:
—Dime una cosa, ¿de verdad era necesario armar todo este circo? ¿Por qué desde que tuviste a la niña te has vuelto tan insoportable y amargada?
—Romeo está metido en un proyecto confidencial, no puede salir de ahí. Vera siempre ha sido muy frágil, creció en mi casa desde que éramos niños y Romeo es mi mejor amigo, así que tuve que hacerme cargo de cuidarla. No te dije nada para que no te pusieras celosa. Pero ya veo, mira nada más cómo te pones...

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