—¡Si sigues diciendo tonterías, bájate del auto ahora mismo!
Todas las palabras que Vera estaba a punto de decir se le atoraron en la garganta.
Miró a Diego con los ojos muy abiertos, con un destello de impotencia e incredulidad, mientras grandes lágrimas empezaban a rodar por sus mejillas:
—Diego... ¿me... me estás gritando?
Esa pregunta, con un tono dulce pero lleno de altibajos, reflejaba un sinfín de agravios y tristeza.
Diego levantó la vista y le dio una mirada rápida. Al final sintió un poco de compasión, y su voz se suavizó ligeramente:
—Ya estoy lo suficientemente estresado, no sigas diciendo cosas que solo me amargan más.
—Bájate en la próxima intersección, tengo que ir a ver a alguien.
Vera quiso seguir haciendo berrinche, pero al ver el rostro ensombrecido de Diego, se calló de inmediato con amargura y no dijo nada más.
Diego le pidió al conductor que parara en la siguiente esquina para que Vera bajara.
Luego, ordenó al chofer que se dirigiera a una exclusiva zona de villas con vista al río, cerca de las orillas: Brisa del Río.
De pie en la entrada del complejo de villas, recibiendo el viento frío, Diego marcó el número de Romeo Ortega.
La llamada se conectó rápido, y se escuchó la voz clara y firme del hombre, con un tono algo frío:
—¿Qué quieres?
Diego:
—¿Estás en casa?
Romeo estaba de pie frente a los ventanales, mirando con sus fríos y afilados ojos la figura que esperaba abajo, en la entrada.
—Sí, ¿necesitas algo?
Diego guardó silencio por un par de segundos:
—¿Puedo subir un rato? Yo... necesito hablar contigo de algo.
Romeo apretó los labios y, tras un largo momento, desbloqueó la puerta de forma remota y dijo con frialdad:
—Sube.

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