Al escuchar eso, Amaya sintió una sacudida en el corazón y rápidamente levantó la cabeza para mirar.
Justo enfrente de ellos, un hombre de mediana edad vestido con uniforme, de porte imponente y rostro serio, entró con paso firme.
Emanaba una presencia majestuosa que imponía respeto sin necesidad de enojarse; tan pronto como entró, hizo que todos los presentes se pusieran serios.
Al segundo siguiente, los policías que estaban sentados en sus puestos observando el espectáculo se levantaron de un salto, como si fueran uno solo.
Todos gritaron al unísono:
—¡Director Ramos!
Ese título hizo que a Josefa y a Vera se les abrieran los ojos como platos por el asombro, mientras que el cuerpo de Diego no pudo evitar temblar levemente.
Claramente él ya había movido sus hilos, seguro de que Amaya no podría causar problemas, pero este hombre que acababa de aparecer de la nada era la máxima autoridad del departamento provincial.
Al darse cuenta de que la situación se había salido de control, un sudor frío comenzó a brotar de la frente de Diego.
Sin importarle el mal olor en su cuerpo, instintivamente metió la mano en su bolsillo para llamar a Julio en busca de ayuda.
Pero no encontró nada.
El celular seguía en manos de Amaya.
Los ojos de Diego mostraron terror; en ese instante, el Director Ramos ya había llegado frente a Beatriz.
Retiró el aura intimidante que lo rodeaba y, sorprendentemente, extendió la mano de forma proactiva, con un tono que dejaba entrever un leve respeto:
—Señora Beatriz, soy Santiago Ramos.
—El hecho de que al final no pudiera resolver su caso en aquel entonces es algo que me ha atormentado hasta hoy. Por eso, vine especialmente hoy.
Un destello de emoción cruzó la mirada de Beatriz, quien se acercó rápidamente:

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